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30 sept. 2007

François Rabelais, DE COMO GARGANTUA NACIO DE UN MODO MUY EXTRAÑO



A LOS LECTORES
Amigos lectores que este libro leéis,
Renunciad a toda afección,
Y al leerlo, no es escandalicéis:
No contiene mal ni infección,
Aunque tampoco gran perfección.
Si no aprendéis, reiréis al menos:
Mi corazón no puede otra materia elegir
Al ver pesar que os consume y mina;
Mejor es de risa que de llanto escribir,
Pues lo propio del hombre es reír.


Rabelais en su gran obra Gargantua y Pantagruel narra las incriebles historias de dos gigantes de manera irreverente y graciosa. Sin embargo, como el mismo aclara en su prologo, deja mucha sabiduria y duras criticas en sus lineas. Dada el volumen de su texto, me sería totalmente imposible de transcribir, pero si les puedo dar a probar un poco de su genialidad. Primero el PRÓLOGO DEL AUTOR y despúes el capítulo DE COMO NACIO GARGANTUA. Disfruten entonces.

Prólogo del autor

Muy ilustres bebedores, y vosotros, galicosos muy preciados -pues a vosotros y no a otros están dedicados mis escritos-: Alcibíades, en el diálogo de Platón titulado El banquete, alabando a su preceptor Sócrates, indiscutible príncipe de los filósofos, dijo, entre otras cosas, que era semejante a las silenas.
Las silenas eran en tiempos pasados unas cajitas como las que ahora vemos en las boticas de los farmacéuticos, pintadas por fuera con figuras jocosas y frívolas, tales como arpías, sátiros, ánsares embridados, liebres con cuernos, ocas enalbardadas, machos cabríos voladores, ciervos adornados de flores, y otras pintaras por el estilo, expresamente desfiguradas para mover a risa a la gente, a semejanza de Sileno, maestro del buen Baco. Dentro de ellas se guardaban las drogas finas, como el bálsamo, el ámbar gris, el amomo, el almizcle, la algalla, las piedras preciosas y otras cosas de valor.
Así decía Alcibíades que era Sócrates, pues viéndole por fuera y juzgándole por su aspecto, no habríais dado por él una piel de cebolla, a causa de la fealdad de su cuerpo y de su ridícula presencia, su nariz puntiaguda, su mirada bovina, su rostro de orate, sus costumbres sencillas, vestiduras rústicas, pobreza en bienes materiales, desgracias amorosas, su ineptitud para todos los oficios de la República, siempre riéndose, bebiendo sin tasa ni medida, haciendo burla de todo, y disimulando siempre su divino saber.
Mas, al abrir esa caja, habríais encontrado dentro una droga celestial e inestimable: entendimiento sobrehumano, vtrtud maravillosa, coraje invencible, sobriedad sin par, alegría verdadera, confianza absoluta, increible despego hacia todo aquello por lo que los seres humanos tanto se desvelan, corren, trabajan, navegan y luchan.
¿A qué propósito obedece, en vuestra opinión, este preludio y ensayo? Porque vosotros, mis amados discípulos y algunos otros locos ociosos, al leer los festivos títulos de ciertos libros de nuestra invención, como Gargantúa, Pantagruel, Fesse pinte, La dignidad de las braguetas, Las habichuelas con tocino "cum commento", etc., juzgais demasiado a la ligera pensando que en ellos sólo hay mofas, embustes chistosos y tonterías, en vista de que la muestra exterior, es decir, el titulo, te toma comúnmente a burla e irrisión sin intentar averiguar mas. Mas no conviene juzgar con tal ligereza las obras de los humanos. Porque vosotros mismos decís que el hábito no hace el monje, y hay quien, vistiendo el hábito monacal, lo es todo menos fraile, y quien, envuelto en la capa española, no demuestra en modo alguno el valor propio de los hijos de España.
Por eso hay que abrir el libro y pesar cuidadosamente lo que del mismo se deduce. Entonces sabréis que La droga que guarda en su interior tiene un valor muy distinto del que prometía la caja; es decir, que las materias de que aquí se trata no son tan jocosas como sugería el título. Y en el supuesto de que, en su sentido literal, hallarais materias festivas a tono con el título, no debéis, sin embargo, deteneros en ello, como quien está oyendo el canto de las sirenas, sino que hay que interpretar en el más alto sentido lo que está dicho de modo aparentemente casual y regocijante.
¿Descorchasteis alguna vez una botella? ¡Demontre! Pensad en vuestra capacidad de abstinencia. ¿Reparasteis alguna vez en un perro que encuentra un hueso con tuétano? Como dice Platón (Libro II De la República), el perro es el animal más filósofo del mundo. Si lo habéis visto, habréis podido observar con qué devoción lo mira, con qué cuidado lo considera, con qué fervor lo coge, con qué prudencia empieza a succionarlo Con qué afecto lo parte, con qué diligencia lo lame.
¿Quién le ha inducido a hacer eso? ¿Qué espera conseguir? ¿Qué bien pretende? Nada más que un poco de tuétano. Verdad es que ese poco es más delicioso que cualquier otro alimento, ya que es una sustancia nutritiva que Natura elabora con perfección, como dice Galeno en 105 capítulos III de su De Facultatibus naturalibus y XX de su De usu partium.
Segun este ejemplo, os conviene ser mesurados para gustar, sentir y estimar estos bellos libros, graciosos por fuera, ligeros en la persecución y osados en el encuentro; luego, leyendo con curiosidad y meditando frecuentemente, quebrad el hueso y chupad la sustanciosa medula, es decir, lo que yo entiendo por esos simbolos pitagóricos, con la esperanza cierta de llegar a ser esforzados y prudentes bajo el influjo de la lectura, porque en ésta hallaréis otro sabor y una doctrina mas honda, que os revelará sublimes sacramentos y misterios horrendos, tanto en lo que atañe a nuestra religión como en lo referente al estado político y a la vida económica.
¿Creéis de verdad que Homero, al escribir la Iliada y la Odisea, pensaba en las alegorías que han calafateado de él Plutarco, Heráclides del Ponto, Eustato, Fornuto, de las cuales les despojó Policiano?. Si lo creéis no compartís en modo alguno mi opinión, que es la de que pudieron ser soñadas por Homero, del mismo modo que lo fueron los sacramentos del Evangelio por Ovidio en sus Metamorfosis, como se ha empeñado en demostrar un tal hermano Lubin, verdadero zampatortas, si por azar encuentra gentes tan locas como él y como dice el proverbio, tapadera digna de tal olla.
Si no lo creéis, ¿por qué razón no he de componer yo estas alegres y nuevas crónicas, aunque al dictaría no pensara más que en vosotros, que por ventura, bebéis tanto como yo? Pues en la composición de este señorial libro no perdí ni empleé más o menos tiempo que el establecido para tomar mi refacción corporal es decir, para comer y beber. Además es ésta la mejor hora para escribir sobre tan elevadas materias y profundas ciencias, como hicieron Homero, parangón de todos los filólogos, y Ennio, padre de los poetas latinos, según atestigua Horacio, aunque algún malandrin haya dicho que sus poemas huelen más a vino que a aceite. Otro tanto dice de mis libros un chocarrero, ¡peor para él! ¡Cuanto más apetitoso!, ¡oh, cuánto!, risueño, incitante, celestial y delicioso es el olor del vino que el del aceite! Me sentiré muy ufano de que se diga que he gastado en aquél más que en éste, como le ocurría a Demóstenes cuando se le reprochaba lo contrario. Para mi es honor y gloria el tener fama de buen bebedor y excelente camarada, ya que con tal título soy bien recibido en todas las reuniones de pantagruelistas. Un melancólico reprochó a Demóstenes que sus Oraciones olieran como el mandil de un sucio fabricante de aceite. Por lo tanto, interpretad con benevolencia todos mis dichos y hechos, reverenciad el cerebro caseiforme que os alimenta con estas hermosas fruslerías y, siempre que sea posible, consideradme como un hombre alegre.
Así es que regocijaos, amigos todos, y leed alegremente lo que ahora sigue, dando recreo al cuerpo en provecho de los riñones. Mas escuchad, grandisimos asnos -¡así tengáis moquillo!-, no olvidéis beber a mi salud por igual, yo os imitaré sin tardanza.
CAPITULO VI
DE COMO GARGANTUA NACIO
DE UN MODO MUY EXTRAÑO

En tanto estaban en estos coloquios, Gargamelle comenzó a tener dolores. Entonces Grandgousier, que estaba tendido sobre la hierba, se levantó y, pensando que serían los dolores del parto, la consoló cariñosamente, diciéndole que se tumbara en el saucedal, que pronto se le pasarían. También a él le convenía mostrar buen ánimo ante la venida de su angelote; y si bien es cierto que ella sentiría algún dolor, el gozo que luego la invadiría le haría olvidar todas estas molestias, de suerte que no conservaría ni siquiera el recuerdo.
-Nuestro Salvador dice, según el Evangellio de San Juan, XVI: "La mujer, en los dolores del parto, está poseída de tristeza; mas una vez ha dado a luz no recuerda siquiera su angustia".
-Bien dices -repuso Gargamelle-. Prefierro oir esas palabras del Evangelio y me siento mejor que cuando oigo contar la vida de Santa Margarita o cualquier otra beatería.
-¡Miedosa! -replicaba Grandgousier-. Datte prisa con éste, que en seguida haremos otro.
-¡Qué poco os cuesta a los hombres decirrlo! Bien, ¡pardiez!, seré fuerte, si ése es tu gusto, pero ¡plugiera a Dios que te lo hubieran cortado!
-¿El qué? -inquirió Grandgousler.
-¡No seas necio! Bien sabes a lo que me refiero.
-¿Te refieres a mi miembro? ¡Pardiez! Sii así lo quieres, manda traer un cuchillo.
-!NO lo permita Dios! Que El me perdone.. No lo he dicho de corazón, y te pido que no tomes en cuenta mis palabras. Pero si Dios no me echa una mano, presiento que hoy será un duro trance; y todo por culpa de tu miembro, para que te desahogaras a placer.
-¡Valor, valor! -repuso él-. No te inquiietes por lo demás y deja obrar a la naturaleza. Entretanto, voy a despachar unos cuantos tragos. Pero, por si acaso te sintieras mal, no me alejaré mucho; te bastará con gritar un poco y en seguida me tendrás a tu lado.
Al poco rato, Gargamelle empezó a suspirar, a lamentarse y a llorar. Al instante acudió de todos lados un buen número de matronas, las cuales, palpándole la vagina, dieron con algunos trozos de piel bastante maloliente, lo que les indujo a pensar que el niño estaba por llegar. Pero lo que en verdad ocurría era que, en razón al reblandecimiento del intestino recto -al que llamáis tripa cular- se le escapaba el fundamento a consecuencia de haber comido demasiados callos, como ya antes hemos dicho.
Acto seguido, una vieja malcarada de la reunión, que gozaba de gran reputación como curandera y que formaba parte de la comunidad desde que, sesenta anos antes, viniera de Brisepaille, cerca de Saint-Genou, le hizo un astringente tan tremebundo que las membranas de la vagina se contrajeron hasta el punto de que dificilmente habríais podido separarlas con los dientes..., cosa que da miedo pensar; otro tanto hizo el diablo en la misa de San Martín, pues luego de tomar por escrito los chismorreos de dos mujeres galas, estiró a fuerza de dientes su pergamino.
Esta dificultad hizo que se relajaran los cotiledones de la matriz, por los cuales saltó el niño, que penetrando por la vena cava y subiendo luego por el diafragma hasta los hombros, donde dicha vena se divide en dos, tomó el camino de la izquierda y salió por la oreja del mismo lado.
En cuanto hubo nacido, no exclamó como los otros niños: "Migas, migas!" sino que grito con fuerza: "¡A beber, a beber!", como invitando a todo el mundo. Y tales fueron sus gritos, que se le oyó en todo el país de Beusse y de Bibarais.
Dudo que deis credito a tan extraño parto. Y si, en efecto, no lo creéis, no me importa. Mas un hombre de bien, un hombre sensato, debe creer siempre lo que le dicen y lo que ve escrito. ¿Atenta esto contra nuestra ley, nuestra fe, nuestra razón o contra la Sagrada Escritura? Por mi parte, nada hallo en la Santa Biblia que vaya en contra de ello. Pero si esa hubiera sido la voluntad de Dios ¿diríais acaso que no estaba en su poder al hacerlo? Por merced, no turbeis nunca vuestro entendimiento con tan vanos pensamientos, porque yo os digo que nada es imposible para Dios y, si El así lo quisiera, en lo sucesivo todas las mujeres parirían sus hijos por la oreja.
¿No fue Baco engendrado en el muslo de Júpiter?
¿No salió Croquemouche de la pantufla de su nodriza?
¿No nació Minerva de la cabeza y por la oreja de Júpiter, y Adonis por la corteza de un árbol de mirra?
¿No nacieron Cástor y Pólux de la cáscara de un huevo puesto y empollado por Leda?
Pero mucho más admirados y sorprendidos estaríais si os expusiera ahora aquel capítulo de Plinio en que habla de partos raros y contra natura. Pero yo no soy un embustero tan ilustrado como él lo fue. Leed el libro VII de su Historia natural, capítulo III, y no me importunéis más con ello.


texto disponible en: http://www.geocities.com/benjamingarcia_cl/rabelais/rabelais.html
imagen disponible en: http://www.chessbase.com/columns/images/war09-rabelais.jpg





 

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