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14 ene. 2009

Gilles Lipovetsky : "Aún no hay mujeres como Bill Gates"


El pensador francés cree que aunque la mujer occidental ha protagonizado una verdadera revolución cultural y adquirido una mayor autonomía de los hombres, posee aún una responsabilidad reducida en la primera línea de las empresas


PARIS.- Gilles Lipovetsky es quizás uno de los analistas más agudos de la sociedad actual y uno de los intelectuales que más ha estudiado a la mujer moderna en su relación con el trabajo, su pareja y los costos que ha implicado su transformación. Es el creador del concepto de la tercera mujer, aquella que busca la independencia, pero sigue atada a los tradicionales códigos sociales. Nunca como hoy se ha estudiado tanto la condición femenina. Los women studies en Estados Unidos representan bibliotecas enteras. Prácticamente todas las áreas son objeto de estudio: la relación de la mujer con los niños y la pareja, el trabajo, el modo de consumo. El filósofo francés medita un poco frente a esta realidad, se toma un largo silencio -suele hacerlo como midiendo qué desea decir exactamente- y luego expresa: "Quizás ha sido demasiado estudiada".

Pero él es uno de los principales culpables de tanta investigación. Con sus libros La tercera mujer o El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades, ha desentrañado los misterios del género. Hoy es considerado uno de los más agudos analistas de la sociedad contemporánea. Fue profesor de Filosofía hasta hace pocos años, cuando optó por dedicarse a escribir sobre las transformaciones del individuo en las democracias occidentales avanzadas. Sobre la mujer, cree que los cambios que la marcaron a partir de los años 60 y 70 fueron de tal magnitud que incluso se atreve a hablar de una revolución.

"Se realizó una transformación fundamental, derivada de aumentar la posibilidad de autonomía de la mujer con respecto a ella misma, a los estudios, al trabajo, y en esos cambios fueron esenciales dos fenómenos: los medios de la anticoncepción y su relación con el trabajo. Ambos le permitieron convertirse en actor de la sociedad, y poder organizar y controlar su propia existencia. Esta es su nueva autonomía", afirma convencido.

Sin embargo, cree que aún existen materias que en el género femenino no han podido desentrañarse: el de la belleza y la relación afectiva de la mujer. Piensa que durante mucho tiempo hubo poco análisis teórico sobre la belleza femenina: "Las mujeres tienen una relación un poco ambigua y ambivalente respecto de la belleza. Por un lado, las moviliza mucho -porque forma parte de su identidad, y es un modo muy importante de valorizarse-, pero al mismo tiempo tienen una relación de irritación frente a ella, sobre todo cuando son los hombres los que hablan. Ven en eso una trampa, una manera de transformarlas en un objeto, que destruye su subjetividad, su individualidad".

Sobre la relación de la mujer con la vida afectiva, afirma enfáticamente: "Me parece bastante misteriosa". Freud decía que la mujer es el continente negro, y no está seguro de que eso haya cambiado. "La brecha entre lo masculino y lo femenino se mantiene. La prueba es que las disputas y las incomprensiones en la pareja siguen existiendo. Las mujeres acusan siempre a los hombres de ser egoístas, de no pensar más que en sí mismos, de estar obsesionados con el sexo, y los hombres dicen también que no entienden el comportamiento femenino; su manera de reaccionar, tan afectiva, su modo de comprometerse."

En sus ensayos quiso entender cómo es posible que a pesar del acercamiento entre lo femenino y lo masculino, finalmente ellas siguen siendo enigmáticas para los hombres. "Ellos no comprenden que a la mujer le guste hacer compras y esas cosas, pero por otro lado creo que a ellas les sucede lo mismo. No entienden que un hombre acuda a la pornografía. Creo que debemos intentar comprender cómo la diferenciación masculino-femenino se reproduce, a pesar de que las condiciones se acercan."

-¿Por qué la mujer es vista como un ser más complejo que el hombre? ¿Lo es efectivamente?

-Desde el psicoanálisis se sabe que todos los seres son complejos. Hay una parte de nosotros que es inconsciente, y tenemos reacciones que uno mismo no comprende. No estoy muy seguro de que las mujeres sean más complejas; a veces, creo que afirmarlo es un viejo prejuicio machista. Como segundo punto creo que la revolución femenina de la que hablo, aunque es profunda, se inserta en códigos sociales que no han cambiado. Así, ella quiere ser libre e independiente, pero al mismo tiempo sigue ligada a la familia, a los hijos, se ocupa de la casa. Entonces su relación con el tiempo es más compleja que en los hombres, al poner en juego factores múltiples. Los hombres tienen una existencia tal vez más centrada. Ellas están tironeadas por el tiempo, y éste es un factor que diferencia.

-¿Cómo se relaciona esta mujer con un hombre también cada vez más complejo?

-Las mujeres antes estaban en jaulas; su vida estaba organizada de antemano, y hoy no. Pueden rehacer su vida, cambiarla, y esto es muy positivo, pero es cierto que hay otra parte de la realidad en la vida de la pareja que es más conflictiva, porque antiguamente ambos ejercían roles bien determinados, y hoy, con la revolución individualista, estamos llevados a tener controversias. Hoy no existe ni un solo tema que no plantee problemas: quién se ocupará de los hijos, quién los cuidará. Pero el terreno está preparado, porque se ha pasado a una pareja en que la negociación es permanente, ya que se basa en el principio de pareja igualitaria.

-¿Por qué usted plantea que la mujer no rompió con su pasado y sigue viviendo una dualidad entre autonomía y tradición?

-Evidentemente es lo que yo traté de analizar: la revolución profunda no es la revolución total. Muchas ideas han sido recicladas, pero se mantienen. Lo que pasó en los países occidentales es que finalmente los hombres aceptaron muy bien la emancipación de la mujer, y ése es un fenómeno que no ha sido suficientemente destacado. Esta revolución también pudo hacerse porque finalmente los hombres aceptaron que las mujeres tuvieran vida sexual antes del matrimonio, los padres quisieron que sus hijas estudiaran y aceptaron el trabajo femenino. El segundo punto que me parece importante es por qué las cosas no pudieron transformarse totalmente, y creo que es porque hay una exigencia antropológica. En la actualidad, los hombres no quieren parecerse a las mujeres, y viceversa. La mujer quiere tener los mismos derechos que los hombres, trabajar como ellos, acceder al mismo salario, pero no quieren vivir como ellos. Las mismas mujeres que son libres, autónomas, ganan dinero, crean empresas, buscan afirmar su femineidad, y eso es algo antropológico.

-¿Cuáles han sido los costos que ha tenido que sufrir en este proceso?

-Comencemos hablando de un hecho muy inquietante que se produce incluso en los países ricos. La autonomía de la mujer se acompaña hoy de un nuevo fenómeno, que es la pobreza. Ellas están más representadas en la desocupación que los hombres. Además, como hay divorcios, muchas veces se encuentran con que han criado a los hijos, pero no tienen cómo mantenerlos, y eso es un costo extremadamente alto. Por eso hay que decirles que no deben renunciar a su trabajo, porque es un seguro para la vida. Por lo tanto, uno de los costos fundamentales -como ya no existe la estabilidad de la familia y de la pareja- es que las mujeres pueden ser rápidamente víctimas de esta situación. El segundo es la dificultad para la vida de pareja y familia. Muchas veces hacen un gran esfuerzo en su vida profesional, y por supuesto esto se hace en detrimento de su vida familiar. Están tironeadas porque cuando están en el trabajo piensan en sus hijos, y cuando están con ellos piensan que están sacrificando el trabajo. Esta tensión es evidentemente difícil.

-Pese a la incorporación masiva de las mujeres al mundo laboral, ellas siguen a cargo de los roles domésticos y el cuidado de los hijos. ¿Qué condiciones sociales deberían darse para lograr una crianza más compartida?

-No es la ley la que podrá hacer cambiar este tipo de cosas, sino los hábitos, la educación de los niños, que transformará poco a poco estas cosas. Habría que instalar dispositivos concretos que permitan una organización más fácil de la vida, como por ejemplo guarderías infantiles con horarios más flexibles, pero también se trata de una evolución ligada a la educación de los niños varones en particular. Es cierto que en todos los países son las mujeres las que continúan ocupándose de la casa y de los niños, pero cuando uno va a los detalles, ve que los hombres que más ayudan a las mujeres son los que tienen el factor estudio, que es central en este tema. En la medida que ellos tengan mayor escolaridad, creo que van a compartir más las tareas.

-¿Vislumbra alguna solución al conflicto de balance entre familia y trabajo?

-Son cosas muy individuales, las mujeres están en una situación difícil, pero una situación difícil no es mala, porque por otro lado hay una cierta locura de los hombres, que privilegian sólo su trabajo. Es más sabio de parte de las mujeres querer triunfar tanto en la vida familiar como en la profesional. En este caso, son los hombres los que deben cambiar y no las mujeres.

-¿Es un mito o un cliché decir que "la mujer humaniza la empresa"?

-Depende, no hay reglas, sobre todo cuando hoy las empresas han interiorizado la exigencia de un trato más humano, más abierto, menos autoritario. No estoy muy seguro de que se pueda hacer realmente la distinción, porque las mujeres que dirigen empresas lo hacen en general en pequeñas empresas, y los hombres están en los grandes grupos; es muy diferente como para comparar. No tenemos aún en mujeres el equivalente de Bill Gates. En todo caso, creo que su participación reducida en la dirección de empresas cambiará. Es inevitable porque ellas ahora tienen más títulos universitarios que antes. Pero de ahí a decir que habrá un cambio radical, rápido, no creo. Las mujeres continuarán durante mucho tiempo queriendo mantener su vida familiar y vida profesional. Esta evolución va a tomar su tiempo.

Por Karim Gálvez

© LA NACION y GDA
El perfil
Alejado de los claustros

Gilles Lipovetsky nació en Francia en 1944, está casado y tiene dos hijas. Hasta hace pocos años fue profesor de Filosofía en la Universidad de Grenoble. Actualmente continúa viviendo en esa ciudad francesa.
La era del vacío

Reconocido como uno de los mayores referentes de la posmodernidad, sus libros han sido traducidos a 16 idiomas. Entre los más reconocidos, se encuentran La era del vacío, El imperio de lo efímero y La tercera mujer.

texto disponible en: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=733396

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