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18 jun. 2009

Sofía Cáceres, poesia


Desde hoy decido que cada sobrante de aire,

el entreabrir

de pestañas,

cada chasquido,

estará destinado a repasar mi despedida.


En dedans
para la Bea.

Estoy en tu cuarto
y en tu camisa.
Tengo
los pies apoyados del marco
de hormigas
que dejaste.

De los dos vasos,
su saliva,
sólo queda
la azúcar carcomida
y la lluvia afuera,
contigo.

Adentro, no todo lo que
duele se baila
sobre las puntas que colgaste,
ahora que te entregas
a otras danzas.

Mandaste al refugio de animales
todas las muñecas.
Sus sombreros me
persiguen,
sus sombrillas
de amante victoriana.
Por sorpresa,
levitan
sobre un mismo sitio,
mascando el polvo de las
noches en vela,
las que aguardan
quietecitas
por que gires la cuerda
de las cajas de música.

Tu piel de porcelana,
el trillado deseo
de verme
en tí
juega a necrosis fingidas,
a los años que no tienes
y los senos que te sobran.

Yo también me acuerdo
del patriarca,
de lo que hablábamos
transitando avenidas.
Era todo tan sencillo
que no entendía nada:
Mi odio,
tu obsesión,
su convencimiento
de que esas danzas no contribuían
a la economía del homo sapiens.

Perennes,
los Cisnes
y todas sus Andanzas,
le ganaron al abuelo.

Los pelícanos pardos,
los pájaros azules,
que suenan el tempo
y el dulzor de sus pasos
exactos,
las faldas de tul,
los vestidos que entallaba
Mamá
a tu cintura
entonces carente de ombligo,
están todos desfilando
por frente al abanico.

Déjalos ventilar.
Que la espalda se engrana sobre sí
y los adeptos a tus curvas
aprenden a ajustarse sus correas
como tú aprendiste a entablarte
los dedos de los pies
con cinta de envolver regalos.

Y yo también conozco
esos callos
lo que duelen
y lo que sobran,
que no dejan sentir
la náusea placentera
de las luces sobre el rostro.

Provisión del teclado

Hoy el tiempo es la semilla
que cruje entre tus manos.
Las hace desaparecer
en cadencias conocidas.
Ellas remiten
otros mundos,
espacios
que siempre son el mismo.
Disposiciones que hablan,
se entrelazan y consumen
sólo
cuando se buscan de veras.

Diez se hacen dedos,
registro de cabos plegadizos.
Corren.
Espejos de sí,
caducan.
Y se marcan bailando.
Se agachan y reducen,
silban el compás ajeno,
el pensar que en cada nota.
dice presencia inefable.
Andantes,
consumen el decir
que en dos minutos
suena
la intensidad de un día.


Hoy, hace siete años.
No decía mucho recordar,
pensando en cómo entretener,
"celebrar la vida"
entre ojos de sed insaciable,
que en verbo gastado,
lloran.
No más, lloran.

Cualquier sello de inmunidad
hubiese funcionado,
exento de costuras
e hilos bordados en poliéster.
La flor de la vestidura
que lucirá ayer.
El sombrero de otro.
Luto rojo, rímel
Zapatos de tacón.
El lenguaje incomprensible
donde nada se conjuga por sí.
donde todo brilla sobre llagas abiertas.


Las cuerdas sin cuerda,
el tiempo...
Qué?
Habla de estanques de peces.
Lo soñabas,
el corazón y su muerte.
El cabello recortado,
las tijeras botas,
los acordes inconclusos,
palabras conocidas
pero que duelen tanto.

A Dios.
La muerte del padre.
(Nadie entendería.)
Lo dice y regresa;
la habitación no está vacía.
Cualquier cosa hubiese funcionado
para regresar,
huérfana,
ayer, hoy, hacía siete años...

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