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21 may. 2007

Sí, yo soy Obsceno

Entrevista a Henry Miller.

Provocador y desinhibido, Henry Miller hizo del sexo
su obsesión literaria. Consiguió que sus "Trópicos"
fueran la insignia del amor libre y que marcaran a
varias generaciones de jóvenes. En el 25 aniversario
de su muerte, que se cumple el 7 de junio, Magazine
rescata la entrevista que concedió a la periodista
española Carmina Fort dos años antes de fallecer. A
sus 86 años, este neoyorquino conservaba toda la
lucidez, ingenio e ironía que caracterizaron su obra.
Criticaba de forma demoledora a su país.

La secretaria de Henry Miller, Sandy Stahl, no parecía
muy contenta con el encuentro que iba a tener con el
escritor, que se recuperaba de una faringitis. Hasta
el exclusivo barrio residencial me llevó en su coche
una empleada de la agencia que había gestionado la
entrevista, y que se fue indignando a medida que su
ídolo denigraba a la sociedad norteamericana. Aquella
conversación de dos horas, que he adaptado para
Magazine respetando lo esencial, terminó como el
rosario de la aurora, con mi acompañante exigiendo que
nos fuéramos, y la voz aguda de la secretaria riñendo
a Miller por hablar tanto rato.

Cuando aquel día veraniego de ?978 Henry Miller
aparece por la puerta de su cocina, apoyado en una
mesa con ruedas, me pareció un anciano. Biológicamente
lo era. Empecé a lamentar estar allí, turbando sus
últimos momentos. Pero cuando empezó a hablar, pensé:
"Chapeau", y me sumergí en su evocación de París, del
Estados Unidos que él describía y adjetivaba con
desprecio, al tiempo que se definía cien por cien
americano. No le importaba lo que ocurriese mañana, no
lamentaba el pasado, le gustaban las filosofías
orientales y respaldaba lo escrito en su amplia obra,
que comenzó hace casi medio siglo con Trópico de
Cáncer…

Envuelto en su batín de cuadros rojos y blancos,
compartiendo un té con azúcar de caña, Miller me mira
con sus ojos azules, maliciosos; lanza leves
carcajadas, se recrea en lo hecho, se ratifica en lo
dicho. Así lo describe Anaïs Nin en su Diario: "En una
muchedumbre hubiera podido pasar inadvertido. Era
esbelto, flaco, no muy alto. Tenía aspecto de monje
budista, un monje de piel rosada, con la cabeza calva,
en parte aureolada por cabellos plateados y vivaces, y
unos labios gruesos y sensuales. Sus azules ojos son
fríos, observadores, pero su boca es emotiva y
vulnerable. Su risa es contagiosa y su voz,
acariciadora y cálida como la de un negro".

P. Sus libros empiezan ahora a editarse en España,
como Trópico de Cáncer, publicado en París en ?934.

R. Sí. Está usted muy au courant (al corriente) de mi
obra. Y Anaïs Nin, ¿es conocida en España? [En un
rincón de la sala donde conversamos hay un dibujo de
ella].

P. Todavía no mucho.

R. Es una lástima. Dejó un libro excelente después de
morir que se convirtió en un best-seller. Un libro
pornográfico, mejor dicho, erótico, pero que tenía
mucha fuerza y utilizando un lenguaje muy elegante al
mismo tiempo.

P. Usted dice que prefiere ser conocido como escritor
obsceno, no pornográfico.

R. Sí, yo soy obsceno. No todos mis libros lo son; los
primeros fueron obscenos, pero no pornográficos.

P. ¿Cuál es la diferencia?

R. La obscenidad es pura, mientras que la pornografía
rodea el tema en lugar de ir a él directamente. Yo
digo la verdad con un verdadero lenguaje obsceno, pero
hoy no hay sino libros pornográficos. Es terrible.
Odio escuchar la palabra sexo.

P. ¿Por qué?

R. Porque se ha devastado todo con esta escritura
pornográfica. Ahora cualquiera puede escribir un libro
sobre sexo. No ponen en ello pasión, ni amor. No sé lo
que pasará en España, pero en el resto del mundo
occidental, hoy los hombres no saben lo que es el
amor, sólo practican el sexo; ésa es mi idea.

P. En España, por la represión, se enfatizaba el amor
y se prohibía el sexo. La gente está cambiando.

R. Claro, como reacción. Por eso creo que mis libros
se venderán muy bien en España ahora, porque están
hambrientos, lo comprendo. Pero en Estados Unidos no
hay excusa. Yo nunca hubiera llegado a ser bien
conocido como escritor si no hubiera sido por la
Segunda Guerra Mundial, porque los soldados americanos
fueron a Europa, descubrieron Trópico de Cáncer y lo
compraron edición tras edición. Estaban hambrientos, y
eso me hizo famoso. Y aun cuando se permitió que fuese
publicado en Estados Unidos en los 60, muchos millones
de americanos no conocen el libro todavía. Tengo una
baja opinión de América, debo decirle. Muy baja. Así
de claro.

P. ¿En qué terrenos?

R. En todos. En lo único que destacan es en los
deportes, no en la cultura. No tenemos cultura. No hay
cultura. La gente joven no sabe leer, pasa por el
bachillerato sin aprender a leer. Es vergonzoso,
vergonzoso. Todo lo ocupa la televisión y la radio. P.
Dice que empezó tarde a escribir.

R. A los 33 años. Eso es tarde, ¿no?

P. Depende. Usted vivió el principio de la Gran
Depresión.

R. No, yo salí del país antes. Tuvo que ver conmigo.
Yo no tenía suficiente fe en mí mismo hasta que
encontré a June, que me ayudó y me hizo dejar mi
trabajo en una compañía telegráfica. Sin ella, quizá
nunca hubiera llegado a ser escritor. Antes de eso, le
llevé mi trabajo a un editor y me dijo: "Será mejor
que lo deje. Usted nunca será escritor". Eso era todo
lo que recibía como respuesta, constantemente. Ésa es
otra razón por la que odio Estados Unidos. Incluso
ahora, sólo me compran por mi nombre, no por el valor
de mi trabajo, que sí que aman en Francia o en
Alemania.

P. Sus antepasados son alemanes.

R. Sí, pero mis padres nacieron en Estados Unidos. Mi
mejor editor en todo el mundo es alemán, Rowohlt, un
hombre maravilloso, como un hermano para mí, y ahora
va a sacar una recopilación de todos mis trabajos en
varios volúmenes; los norteamericanos serían los
últimos en hacer algo similar.

P. ¿Por qué?

R. Porque lo que digo es antiamericano; yo siempre
estoy criticando a Estados Unidos, soy el más duro. Ni
siquiera los rusos podrían decir cosas peores, y sin
embargo, soy cien por cien americano. Me siento como
Walt Whitman; soy un individualista. No me preocupa ni
el país, ni la bandera, ni los militares, ni el
patriotismo. Todo eso no me dice nada ni me lo dijo
nunca, ni siquiera cuando era joven. He nacido
anarquista, aunque esa sea una mala palabra en el
mundo de hoy. Fue Emma Goldman quien me inició en el
anarquismo; cuando tenía 20 años y me la encontré por
primera vez. Sentí inmediatamente simpatía hacia ella.
Yo no tiraba bombas; ella tampoco hablaba de tirar
bombas. Eso no es el anarquismo auténtico.

P. ¿Cuál es el auténtico?

R. El anarquista es un hombre que quiere paz para el
mundo y que no quiere gobiernos, que son nuestro peor
enemigo; quienes nos causan los problemas, y nos piden
que luchemos contra otros países cuando la gente no
está interesada. Los periódicos y los políticos son
los que crean las guerras. Muerte a los políticos.
Bueno, ahora España es más libre.

P. Ya no hay dictadura.

R. ¿Ahora España es un régimen comunista o es
republicana?

P. No, hay ahora una monarquía. Franco dejó al morir a
un rey.

R. Sí, claro. Lo había olvidado.

P. Usted vivía en París cuando estalló la Guerra Civil
española. ¿Cuál fue su postura?

R. Yo pensé que no tenía parte en ella; era un
problema español. Y además, yo no tengo una actitud
política, aunque pensé que era un crimen que Franco
estuviera gobernando. Sí, yo le consideraba un
criminal. Fue una persona terrible y mantuvo a España
reprimida durante 40 años. Pero yo no hubiera ido a la
guerra, porque no creo en ella. Yo soy un pacifista.
Fui a España en los años 50, y vi en los cafés
carteles donde se decía: "Prohibido cantar". Me
sorprendió tanto… Era a causa de la situación
política. Pero yo amo España y viajé por todo el país.
Mi ciudad preferida es Córdoba; y en medio de la
mezquita, los españoles rompieron una parte y
construyeron una iglesia católica. ¡Qué execrable! Era
un edificio maravilloso.

P. ¿Por qué se fue a París?

R. Como fruto de la desesperación. Mi esposa me estaba
observando un día de invierno; yo estaba mirando por
la ventana con aspecto triste. Habíamos viajado por
toda Europa el año anterior y gastamos el dinero que
teníamos. Me preguntó:"¿En qué estás pensando?". Le
respondí: "En París, tan hermoso, tan maravilloso". Y
ella dijo: "¿Por qué no te vas allí? Déjalo de mi
cuenta". Reunió el dinero, me fui a París y ella me
siguió poco más tarde. En Estados Unidos yo no iba a
ninguna parte con mis escritos. Todos me decían: "Deja
de escribir, no eres bueno, no puedes escribir". Pero
ésa es la historia de muchos artistas cuando se leen
sus biografías. En un sentido u otro, a todos les ha
pasado lo mismo. Yo le digo a usted que ser un artista
es como ser un criminal. Se pasa muy mal, se sufre el
exilio si se es un buen artista. Los malos son
aceptados y se les da tiempo y fama, pero los buenos
tienen problemas, excepto, quizá, Picasso, aunque
incluso he leído que tuvo una época difícil en sus
comienzos en Francia, cuando fue ayudado por Max
Jacob. A propósito, como artista Picasso era grande,
un pintor excepcional, pero como hombre no siento
mucho respeto por él.

P.. ¿Por qué?

R. Por la forma en que trataba a sus hijos ilegítimos,
hermano y hermana; el chico vivió conmigo una
temporada y me contó muchas cosas sobre su padre y
cómo le trataba. No quiero adentrarme en este tema,
pero todo el mundo dice: "Picasso", como si fuera un
Dios. Para mí era un pintor excepcional, pero no un
gran hombre. Pablo Casals, el catalán, sí que era una
persona maravillosa: humana, orgullosa e
independiente, es uno de mis ídolos. ¿Podría recoger
esa hoja de la mesa? [Le alcanzo una cartulina donde
hay medio centenar de nombres, bajo el título: "Mes
hommes à moi". Los hombres que me gustan]. Mire, yo
hago esto como recreación.

P. ¿Apreciaba a estos hombres como personas o como
artistas?

R. Como personas. La lista, como ve, está encabezada
por Blaise Cendrars, mi escritor preferido.

P. Aquí veo a Rimbaud, sobre quien usted escribió El
tiempo de los asesinos. R. Sí, exacto. Rimbaud tuvo
una gran influencia sobre mí.

P. ¿Otros nombres?

R. Me influye todo, incluso anuncios de los
periódicos. Soy muy sensible, vulnerable, abierto…
Puedo darle muchos nombres, pero ésa no sería la
respuesta, porque hay miles de ellos.

P. Usted está interesado en las filosofías orientales.

R. Muchísimo. Todas las artes marciales son
maravillosas y creo que deberían enseñarse en las
escuelas públicas, porque se aprende a ser pacífico;
se sabe cómo matar a un hombre fácilmente, de forma
que se evitan los problemas.

P. ¿Cuál es su último libro?

R. El tercer volumen de El libro de los amigos, y es
muy extraño porque hay en él ?0 historias cortas sobre
mujeres con quienes no tuve relaciones sexuales. Le
voy a contar una. Yo estaba locamente enamorado de una
chica y nos besábamos y abrazábamos, pero nada de
sexo. Al final me estaba volviendo loco. En una
ocasión, por azar, conocí a un hombre extraño que me
dijo: "Me parece que usted está preocupado. ¿Le pasa
algo?". Le dije: "Sí. Me estoy volviendo majareta". Me
ofreció ver a alguien que podría ayudarme rápidamente:
"Swami Prabhavananda". Quedamos en que iría a la
mañana siguiente, pero durante la noche, mi problema
con esa chica quedó eliminado. No obstante, finalmente
fui a la cita, y cuando abrió la puerta le dije:
"Lamento decírselo, señor, pero ya no tengo necesidad
de verle". Entonces me cogió del brazo, me empujó
hacia el interior de la casa y me dijo sin rodeos:
"¿Cómo sabe que yo no tengo necesidad de verle a
usted? Yo también necesito a alguien algunas veces".
¿Qué le parece?

P. Delicioso. ¿Relee sus libros?

R. Nunca. Una vez escritos, se acaba con ellos; se
eliminan del sistema.

P. Siempre son autobiográficos.

R. Eso es todo lo que sé. Nunca he tratado de sacar
nada de mi imaginación. Yo pongo imaginación en mis
obras autobiográficas. Por supuesto que hay
distorsión, invención, exageración; no dudo en mentir
en interés de la verdad.

P. Y muestra un enorme interés por la vida en las
calles.

R. Yo soy un hombre de la calle, creo. La vida empieza
en las calles, no en una hermosa casa, en una
universidad o en un centro similar, sino en las
calles, donde se encuentra gente buena, mala y de todo
tipo, donde nace el arte.

P. ¿Qué supuso París para usted?

R. Todo, todo, todo. Fue un nuevo mundo para mí y
nunca estuve insatisfecho de París. Fue siempre
estimulante.

P. Cuando la guerra se aproximaba a Francia, fue a
visitar a Lawrence Durrell a Corfú (Grecia).

R. Exacto. Pasé seis u ocho meses allí.

P. Y luego escribió El coloso de Marussi.

R. Sí, lo escribí cuando volví a Estados Unidos, y le
voy a decir cuál fue parte de mi inspiración. Vivía
entonces en Nueva York, en un estudio que daba a una
sinagoga. Yo amo la música judía, la que se suele
escuchar en las sinagogas, que es como si fuera
interpretada por una orquesta, como las canciones
rusas, maravillosas voces masculinas. Estaba
escribiendo El coloso y oír a esta gente cantar y orar
creo que tuvo sobre mí un efecto sagrado. No soy
judío. Pero no hubiera podido obtener esa inspiración
dentro de una iglesia cristiana. Me hubiera vuelto
completamente loco.

P. Volvió a Estados Unidos en ?940, recorrió el país y
describió su experiencia en La pesadilla del aire
acondicionado.

R. Exacto. Y todavía mantengo la misma aproximación
que hice de Estados Unidos en ese libro; yo observé
toda la vida del país con sus buenos y malos aspectos,
con los ojos de un étranger [un extranjero]. Cuando
salí del barco en Boston, ciudad fea y sucia en la que
no había estado antes, empecé a llorar y me dije:
"¡Maldita sea, aquí estoy de nuevo!".

P. Antes, en ?937, Lawrence Durrell escribió sobre
usted a Bernard Shaw…

R. Y Bernard Shaw le dijo: "No me molestes; bastantes
problemas tengo ya con la policía. No me pidas que
tenga más por causa de Henry Miller". Probablemente
nunca me leyó.

P. En aquella carta hacía referencias sobre su
trabajo.

R. Era uno de mis autores preferidos. Vi todas sus
obras teatrales, me parecía maravilloso.

P. Usted dice que sus libros no son sobre sexo, sino
sobre autoliberación.

P Sí, uno debe hacerlo todo por sí mismo y para sí
mismo. No se debe depender de Dios, de un sacerdote,
de la escuela, de la educación que recibe. Cada
persona, cada individuo, tiene el poder de hacer de su
vida lo que desee. Eso es lo que creo.

P. También identifica literatura y ficción.

R. Hago una distinción entre escritura y literatura;
no hay que ser escolástico para ser escritor. Todo lo
que hay que hacer es sentir y escribir lo que se
siente y no lo que se piensa. Es la sensación lo que
llega, intuición y emoción; vitalidad. No un trabajo
perfeccionista como el de Henry James o Proust. Pero
Blaise Cendrars es un gran ejemplo de lo que quiero
decir.

P. ¿Cuál será su próximo trabajo?

R. No lo sé, no sé lo que voy a hacer mañana. No hago
planes. Creo que lo más sabio es vivir día a día, y
pensar que es el último, porque, al fin y al cabo, no
sabemos si estaremos vivos mañana, ¿no es cierto?

Disponible en en: www.henrymiller.org

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