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21 may. 2007

VALERY SOBRE MALLARME

Me enteré de la muerte de Mallarmé el 9 de
septiembre de 1898, por un telegrama de su hija.
Fue para mí uno de esos mazazos que llegan a lo
más hondo y anulan hasta la fuerza para hablarde ello.
Dejan intacta nuestra apariencia; a los ojos de los
demás, estamos vivos, pero el interior es un abismo.
No me atrevía a entrar en mí, en donde sabía que
me esperaban algunas palabras insoportables.Hay
algunos temas de reflexión que no he vuelto a
considerar desde aquel día. Durante mucho tiempo había
pensado tratarlos con Mallarmé; de algún modo, su
brusca desaparición los ha convertido en sagrados, y
se los ha prohibido para siempre a mi atención.
En aquel tiempo pensaba en él muy a menudo; nunca
como en un mortal. Representaba para mí,tras los
rasgos del hombre más digno de ser amado por su
carácter y su gracia, la extrema pureza de la fe en
materia de poesía. Tenía la impresión de que, a su
lado, todos los demás escritoreshabían negado al único
dios verdadero y se habían entregado a la idolatría.


* * *

El primer paso de su búsqueda se encaminó
necesariamente a definir y producir la belleza más
exquisita y más perfecta. Lo primero que hace es
determinar y separar los elementos más preciosos.
Estudia cómo encajarlos sin mezcla, y en ese proceso
empieza a alejarse de los demás poetas, quienes,
incluso los más ilustres, están contaminados con
impurezas, mezclados deausencias, debilitados con
alargamientos. Se aleja también de la inmensa mayoría,
es decir, de la gloria inmediata y de las ganancias; y
completamente solo se dirige hacia lo que ama y hacia
lo que le mueve su voluntad. Desprecia y es
despreciado. Encuentra su recompensa en el sentimiento
de haber sustraído lo que compone con tanto cuidado a
las variaciones de la moda y a los accidentes de la
durabilidad. Los cuerpos de sus pensamientos son
cuerpos gloriosos: son sutiles e incorruptibles.
En las raras obras de Mallarmé, no hay ninguna de
esas negligencias que tranquilizan a tantoslectores y
les hacen preciarse secretamente de estar
familiarizados con el poeta; ninguna de esas
apariencias de humanidad que emocionan tan fácilmente
a todas esas personas para quienes lohumano apenas se
distingue de lo común. Se ve en ellas, por el
contrario, afirmarse el intento más audaz y más
continuado que se haya visto jamás de superar lo que
yo denominaría la intuición ingenua en literatura.
Esto suponía romper con la mayoría de los mortales.


* * *

¿Cabría aquí poner en duda si un poeta puede
legítimamente pedirle a un lector la aplicación
sensible y sostenida de su inteligencia? ¿Se reduce el
arte de escribir a la diversión de nuestrossemejantes
y a la manipulación de sus almas sin que entre en
juego su resistencia? La respuesta esfácil, no tiene
la menor dificultad: cada inteligencia es dueña de sí.
No hay el menor óbice en que rechace lo que le resulte
duro. No tengan ustedes el menor miedo a cerrarnos.
Déjennos caer delas manos.
Pero hay quien se queda molesto, quien se enfada,
quien se queja y quien va un poco más allá de la
queja. Y aunque no haya visto yo que nada medianamente
bueno que haya pasado por sus irasno haya salido
fortalecido del trance, no se me ocurre, por ello,
anatematizarlos; entiendo sucorazón. Hay una
impaciencia, hasta cierto punto respetable, que lleva
a las gentes a despreciar, a prohibir, a motejar con
burla cuanto no comprenden. Defienden, como pueden, su
honor intelectual; salvan la cara de su inteligencia.
Me parece digno de ser mencionado, casi hermoso, que
quienes no puedan soportar el tenerse que imputar a sí
mismos un especie de derrota de su inteligencia, ni
sufrirla solos, apelen a sus semejantes, como si la
abundancia de espejos...


* * *

Un hombre que renuncia al mundo se coloca en la
condición de comprenderlo. Éste, a quien me estoy
refiriendo, tendía a sus delicias absolutas por el
ejercicio de una especie de ascetismo y, en la medida
en que había renunciado a toda facilidad en su arte y
a las felices consecuencias que de esa facilidad se
derivaran, mereció cumplidamente percibirlo en toda su
hondura. Pero esa hondura sólo depende de la nuestra,
y la nuestra de nuestro orgullo.
El amor, el odio, la envidia son luces de la
inteligencia, pero el orgullo es la más pura; siempre
ha indicado a los hombres, iluminándolo, lo más
difícil y lo más hermoso que tenían que hacer. Consume
las naderías y simplifica a la persona misma; la aleja
de las vanidades, porque el orgullo es a la vanidad lo
que la fe es a la superstición. Cuanto más puro es el
orgullo, más fuerte y único es en el alma, más
meditadas son las obras, más negadas y arrojadas una y
otra vez al fuego de un deseo que no muere. Cuando el
alma grande aborda el objeto del arte, lo purifica.
Poco a poco el artista se despoja de las ilusiones
groseras y generales, obtiene de sus virtudes inmensos
trabajos invisibles. La selección despiadada le devora
los años y la palabra acabar pierde sentido, pues por
sí mismo el espíritu no acaba nada.
Pero, distanciado de los atractivos que lo hacen
utilizable a la mayoría de los hombres, el acto
misterioso de la idea pierde sus motivos ordinarios y
sus causas reconocidas.
Mallarmé se justificó ante sus pensamientos
atreviéndose a jugarse todo su ser al más elevado y
audaz de todos ellos. El paso del pensamiento al
discurso ocupó esa vía infinitamente simple de todas
las combinaciones de una inteligencia extranamente
libre. Vivió para efectuar en sí transformaciones
admirables. No veía en el universo otro destino
concebible que ser finalmente expresado. Cabría decir
que ponía al Verbo, no al principio, sino al final
último de todas las cosas.
Nadie había confesado, con tal precisión, tal
constancia y tal seguridad heroica, la inminente
dignidad de la Poesía, fuera de la cual no veía más
que el azar...

Gaulois, 17 de octubre de 1932. Variété II (1929) y
Écrits divers sur Stéphane Mallarmé (1950).






Última visita a Mallarmé


Cuando empecé a tratar personalmente a Mallarmé,
la literatura no significaba todavía gran cosa para
mí. Se me hacía cuesta arriba leer y escribir, y debo
confesar que aún me queda algo de ese fastidio. La
conciencia de mí mismo, por sí misma, el
esclarecimiento de tal atención y la preocupación de
trazarme nítidamente mi existencia apenas me dejaban.
Ese mal secreto aparta de las Letras, aunque en él
resida el origen de las mismas.
Sea como fuere, Mallarmé era, en mi sistema
íntimo, la personificación del artista sabio y
delestado más alto de la ambición literaria más
aquilatada. Había hecho de su genio una compañía enlo
más hondo de mi alma y abrigaba la esperanza de que
algún día, pese a la diferencia de nuestras edades y
la distancia inmensa de nuestros méritos, perdería yo
el miedo de confiarle mis dificultades y mis
particulares puntos de vista. No se trataba en
absoluto de que me intimidara, pues nunca hubo nadie
más dulce ni más deliciosamente sencillo que él; se
trataba de que meparecía ver a mí por entonces una
suerte de contradicción entre el ejercicio de la
literatura y la pretensión de algún rigor y sinceridad
en el pensamiento. La cuestión es infinitamente
delicada. ¿Podía implicar en ella a Mallarmé? Yo lo
amaba y lo ponía por encima de todos; pero también
había renunciado a adorar aquello que él había adorado
toda su vida, aquello a lo que la había consagrado, y
no tenía valor para hacérselo oír.
No me parecía, por otra parte, que pudiera
rendirle homenaje más verdadero que el de confiarle mi
pensamiento y mostrarle cómo sus búsquedas, y los
análisis sutiles y exactos de los que aquéllas
proceden, habían modificado mi modo de ver el problema
literario y me habían llevado a abandonar la partida.
Los esfuerzos de Mallarmé, diametralmente opuestos a
las doctrinas y a los cuidados de sus contemporáneos,
se dirigían a ordenar todo el dominio de las Letras
mediante la consideración general de las formas. Es
extraordinariamente notable que, careciendo de
conocimientos científicos, mediante el estudio
minucioso de su arte, haya llegado a una concepción
tan abstracta y tan próxima a las especulaciones de
mayor altura de algunas ciencias. Por otra parte,
nunca hablaba de sus ideas si no era mediante figuras.
La enseñanza explícita le producía una extraña
repugnancia. Su oficio*, que odiaba, debió de tener
algo que ver con esta aversión. Yo, por mi parte,
tratando de resumirme sus tendencias, me permitía
designarlas a mi modo. La literatura ordinaria me
parecía comparable a una aritmética, es decir, a la
búsqueda de unos resultados particulares, en los que
no es fácil distinguir la regla del ejemplo; la suya,
la que élconcebía me parecía análoga a un álgebra,
pues suponía la voluntad de poner en evidencia, de
conservar a través de los pensamientos y de
desarrollar por ellos mismos, las formas del lenguaje.

«Pero una vez que uno reconoce y comprende un
principio, es inútil perder el tiempo en sus
aplicaciones», me decía entre mí...
Aquel día que yo esperaba no llegó nunca.


* * *

Vi por última vez a Stéphane Mallarmé el 14 de
julio de 1898, en Valvins. Después de comer, me llevó
a su «cuarto de trabajo». Cuatro pasos de largo por
dos de ancho; la ventana al Sena y al bosque de espeso
follaje desgarrado por la luz, con los mínimos
centelleos del río resplandeciente cabrilleando
tenuemente por las paredes.
Le preocupaban a Mallarmé detalles supremos de la
fabricación del Coup de dés. El inventor consideraba y
retocaba con su lápiz aquella máquina absolutamente
nueva que la imprenta Lahure había aceptado construir.

Nadie había emprendido hasta entonces, ni soñado
con emprender, la tarea de dar a la figura de un texto
una significación y una acción comparables a las del
propio texto. Del mismo modo que el uso cotidiano de
nuestros miembros casi nos hace olvidar su existencia
e ignorar la variedad de sus recursos, hasta que, en
ocasiones, un artista del cuerpo nos hace ver todas
sus destrezas ariesgo de su vida que consume en
ejercicios y que expone a los peligros de su deseo,
así, el uso habitual del habla, la práctica de la
lectura corrida y de la expresión inmediata debilitan
la conciencia de tales actos demasiado familiares y
llegan a anular la idea de sus posibilidades y desus
posibles perfecciones hasta que sobreviene alguna
persona extrañamente desdeñosa de las facilidades de
su ingenio, pero especialmente atenta a cuanto pueda
producir de más inesperado y libre.
Yo estaba al lado de esa persona. Nada me decía
que no la volvería a ver nunca más. No había, en el
oro del día, ningún cuervo encargado de predecir.
Todo estaba en sosiego y seguro... Pero pese a
que Mallarmé me hablaba, con el dedo puesto en la
página, sucedióme que mi pensamiento se puso a pensar
en aquel momento mismo. Le atribuía distraídamente un
valor como absoluto. Junto a él, vivo, pensaba en su
destino como algo cumplido. Nacido para hacer las
delicias de unos, para escándalo de otros, y para
maravillar a todos --a éstos por demencia y
absurdidad; a los suyos, con maravilla de orgullo, de
elegancia yde pudor intelectual--, le habían bastado
unos pocos poemas para poner en cuestión el objeto
mismo de la literatura. Su obra, difícil de entender,
imposible de ignorar, dividía al pueblo letrado. Pobre
y sin honores, la desnudez de su condición envilecía
los provechos de los otros; se había asegurado, de
todas formas, sin buscarlas, fidelidades
extraordinarias. Y en cuanto a él, cuya sonrisa de
sabio, de víctima superior, inundaba dulcemente el
universo, sólo le había pedido al mundo lo que de más
raro y de más precioso tiene. Lo encontraba en sí.


* * *

Salimos al campo. El poeta «artificial» recogía
las flores más inocentes. Azulejos y amapolas llenaban
nuestros brazos. El aire era de fuego; el esplendor,
absoluto; el silencio estaba lleno de vértigos y de
intercambios; la muerte era imposible o indiferente;
todo, formidablemente bello, ardiente y durmiente; las
imágenes del sol temblaban.
Imaginé al sol, en la inmensa forma del cielo
puro, como un recinto incandescente donde nada
distinto subsiste, donde nada dura, pero donde nada
cesa; como si la destrucción misma se destruyese
apenas cumplida. Se desvanecía en mí el sentimiento de
la diferencia entre el ser y el no-ser. A veces la
música nos impone tal impresión, que está más allá de
cualquier otra. ¿Acaso no es absolutamente la poesía,
pensaba yo, el juego supremo de la transmutación de
las ideas?... Mallarmé me señaló la llanura que el
estío precoz empezaba a dorar: «Mire, dijo, es el
primer toque de címbalo del otoño sobre la tierra. »
Cuando llegó el otoño, él ya no estaba.

Paul Valéry

Tomado de Paul Valéry / Estudios literarios
Colección La Balsa de la Medusa, 64

España, 1995

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