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12 sept. 2007

Poesía: nombrando la realidad. Benjamin, Lacan


Por:FranciscoSerratos

Poesía: nombrando la realidad.

La realidad hoy está más trasnochada que la poesía. Aun y cuando la poesía se vale del lenguaje, este último vestigio de lo «real» y que ha adquirido una importancia epistemológica. Hoy, teorizar sobre el lenguaje humano es hacer epistemología; es formar un método sobre la percepción de lo que nosotros consideramos «real». A la sazón la voz del hombre universal (aceptando la definición propuesta aquí) es la de un cosmopolita según la acepción de la palabra. Es decir, lo que le afecta a un hombre en particular en una ciudad, le afecta a todos los hombres en general en todas las ciudades. El ciudadano tiene la seguridad de pertenecer al mundo «real», de estar en él, en todos lados porque todas las ciudades son iguales. Su opinión, su voz, su lenguaje, es universal porque designa la carne urbana. La realidad urbana goza de idénticos bienes y padece los idénticos males.

El lenguaje humano aquí se vuelve así mismo común. Entonces el lenguaje es, en efecto, una huella de lo «real». No obstante, caemos en el abismo aquí. Walter Benjamín asegura que el hombre es el ser nombrador, un bautista, pues da nombre a la cosas, que son mudas[1]. Lo único comunicable de las cosas es su nombre, nos dice Benjamín; sin embargo el nombrar no abstrae el objeto por completo. La asimilación de un objeto está más allá de su nombre. La poesía no nombra solamente, se dirige hacia ese más allá: «la verdadera poesía es metafísica, quiéraselo o no, y yo diría que su valor depende de su alcance metafísico, de su grado de eficacia metafísica»[2], alumbra Artaud. Esta característica asimismo tampoco se queda en un plano metafísico, sino que «la poesía es anárquica en tanto cuestiona todas las relaciones entre objeto y objeto y entre forma y significado. Es anárquica también en tanto su aparición obedece a un desorden que nos acerca más al caos»[3]. Ahora bien, esta metafísica anárquica funciona de tal manera que rebasa la calidad clasificatoria de los objetos; o sea, no se comprende la existencia de un objeto, en este caso la ciudad, sin mitificarlo y metaforizarlo. Intuir el objeto, percibirlo, nombrarlo, no es suficiente para conocerlo. Pero nombrarlo de otra forma, metaforizarlo, es conocerlo, percibirlo dentro de mí. Lo nombro no solamente con su nombre equivocado, dice Artaud, sino que lo visto de otras características sutiles y cercanas a él. Un objeto es objeto desde el momento en que el lenguaje se apropia de él de una manera anárquica; juega con él, lo viste y desviste con palabras. Lo expande. El objeto es «real» desde el instante en que es lo que no es. Dicho de otra manera, una ciudad no lo es por su nombre, muchas veces este no tiene nada que ver con la realidad que se percibe dentro de ella; sino que ella se metaforiza y mitifica, o de alguna forma, se desdobla en el lenguaje. Se expande.

La ciudad es finita en sí, pero nombrarla poéticamente es expandirla. Construir la ciudad o en su caso, agrandarla, es lo que se conoce como congestión arquitectónica, pero más que crear espacios es encerrar el espacio. Sí, la ciudad es enorme, mas el lenguaje articulado que la habita es pequeño; la urbe se convierte en un hoyo negro que crece y crece. Así lo dice Maurice Blanchot: «el encierro remite a un afuera, lo que está encerrado es el afuera»[4]. Ese afuera, lo que la ciudad encierra al construirse, se diluye en la poesía por medio de palabras. Y este hombre congestionado de carne urbana que traga y traga objetos siente una necesidad de drenar su respuesta. Comienza a hablar, a nombrar, a murmurar, a susurrar, a escribir, a poetizar. La poesía en este sentido entonces no solamente sigue siendo una catarsis existencial, sino que ayuda a desarrollar ese espacio artificial que consideramos real nombrado como urbs, ciudad, city, ville, stadt.

Retomando la sentencia de Lacan de lo «real» demostrable, se puede caer en una especie de misticismo lingüístico, sin embargo, la poesía hasta el momento nunca ha dejado de ser mística de cierta manera; es decir, existe una comunicación entre objeto y sujeto por medio de la palabra no científica. Ahora, reducir a la arquitectura a un simple objeto sería una insensatez. La carne urbana no es cualquier objeto del que uno se puede desprender, eso nunca sucede. La arquitectura crea el espacio para que un sujeto cognoscente se relacione con un objeto. Este tríptico espacio-sujeto-objeto es complejo si se analiza detenidamente. Para empezar, nombrar el espacio es comprimirlo. Metaforizarlo, extenderlo, y así mismo fantasiarlo. La prueba de lo real es la mistificación del objeto y del espacio; o sea, el misticismo surge en el instante en que se desea algo inalcanzable hasta cierto punto, mas alcanzable por medio de un medio, en este caso, las palabras. A lo que me refiero es que lo «real» no se demuestra desde una perspectiva nombrable en que el espacio se describe objetivamente. Sino que se metaforiza porque sabemos la distinción entre un objeto y otro objeto. Esta anarquía de la que habla Artaud en esencia es esa misma, jugar con los nombres de las formas, revestirlos e ir más allá de lo que es físicamente. La poesía nombra lo real de la ciudad pero de una manera que está más allá de lo que es: un espacio congestionado de arquitectura y objetos donde se desenvuelve la vida del humano civil y universal junto con la de ese espacio.

[1] Walter Benjamín, «Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres» en Ensayos escogidos (trad. H. A. Murena). Ediciones Coyoacán, México, 2001, pp. 89-103.
[2] Antonin Artaud, El teatro y su doble (tr. Enrique Alonso y Francisco Abelenda). Hermes, México, 1987, p. 47.
[3] Ibíd., p. 46.
[4] Citado por Gilles Deleuze en Foucault (trad. Miguel Morey). Paidós, Barcelona, 1986, p. 81.

texto disponible en: http://egologia.blogspot.com/2005_04_01_archive.html

imagen disponible en: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/en/thumb/f/ff/Perversion-for-Profit-lesbian.jpg/300px-Perversion-for-Profit-lesbian.jpg

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