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7 oct. 2007

ORTEGA & GASSET POR OCTAVIO PAZ


Una filosofía que se resume en una frase no es filosofía sino religión (o su contrahechura: ideología). El budismo es la mas intelectual y discursiva de las religiones, sin embargo, un sutra condensa toda la doctrina en el monosílabo a, la partícula de la negación universal. También el cristianismo puede enunciarse en una o dos frases como: “amaos los unos a los otros” o “ mi reino no es de este mundo”. Lo mismo ocurre en un nivel inferior con las ideologías. Por ejemplo “la historia universal es la historia de la lucha de clases” o, en el campo liberal “el progreso es la ley de las sociedades”. La diferencia consiste en que las ideologías pretenden hablar en nombre de la ciencia. Como dice Alain Besançon: el hombre religioso sabe que cree mientras que el ideólogo cree que sabe. Las máximas, las sentencias, los dichos y los articulos de fe no empobrecen a la religión: son semillas que crecen y fructifican en el corazón de los fieles. En cambio la filosofía no es nada si no es el desarrollo, la demostración y la justificación de una idea o una intuición.

Sin explicación no hay filosofía. A la dificultad de reducir en unas cuantas páginas un pensamiento tan rico y complejo como el de Ortega & Gasset, hay que añadir el carácter de sus escritos. Fue un verdadero ensayista, maestro de un género que no tolera las simplificaciones de la sinopsis. El ensayista tiene que ser diverso, novedosos y dominar el arte difícil de los puntos suspensivos. No agota su tema, no compila ni sistematiza: explora. Si cede a la tentación de ser categórico, como tantas veces le ocurrió a Ortega & Gasset, debe introducir en lo que dice unas gotas de duda, una reserva. La prosa del ensayo fluye viva, nunca en linea recta, equidistante siempre de los dos extremos que sin cesar la acechan: el tratado y el aforismo. Dos formas de la congelación.º Como buen ensayista regresaba de cada una de sus expediciones por tierras desconocidas con hallazgos y trofeos insólitos pero si haber levantado un mapa del nuevo territorio. No colonizaba: descubría. Por eso no he comprendido nunca la queja de los que dicen que no nos dejó libros completos (o sea tratados o sistemas). Su genio no lo predisponía a definir sino a construir. No fué geómetra ni arquitecto. Veo a sus obras no como un conjunto de edificios sino como una red de caminos y de ríos navegables. Obra transitable mas que habitable: no nos invita a estar sino a caminar. Aunque leerlo también es detenerse ante aquella o esta idea, dejar el libro y arriesgarse a pensar por cuenta propia. Sus ensayos sobre lo que no se si llamar psicología social o historia del alma colectiva –la distinción entre ideas y creencias o entre el espíritu revolucionario y el tradicional, sus reflexiones sobre la evolución del amor en occidente, los viejos y los jóvenes, los ritmos vitales y los históricos- hacen pensar mas en Montaigne que en Kant y mas en Stendhal que en Freud. Quiero decir: era un filósofo que tenía el don de penetrar en las interioridades humanas. Pero este don no era el del psicólogo profesional sino el del novelista y el historiador, que ven a los hombres no como entidades solitarias o casos aislados sino como partes de un mundo. Hay algo que se hecha de menos en su obra. Y es la confesión, sobre todo la indirecta ala manera de Sterne. Tal vez la pasión por la circunstancia –su gran descubrimiento y eje de su pensamiento- le impidió verse a si mismo. Su idea del yo fue histórica. No el yo contemplativo que ha cerrado la puerta al mundo, sino el del hombre en relación –mas justo seria decir: en combate- con las cosas y los demas hombres. Como Toqueville tuvo la facultad eminentemente racional de ver lo que va a venir. Su lucidez contrasta con la ceguera de tantos d e nuestros profetas. Tuvo mayor penetración y lucidez que Sartre y no abunda en las contradicciones y piruetas de Bertrand Russell. Se pueden aprobar o reprobar sus ideas políticas pero no se lo puede acusar de incongruencia como a los otros. Insertó las ideas en la vida humana: cambiaron así de naturaleza, no fueron ya esencias que contemplamos en un cielo inmóvil sino instrumentos, armas, objetos mentales que usamos y vivimos. Las ideas son formas de la convivencia universal. Ortega & Gasset nos enseñó que el paisaje no es un estado del alma y que, tampoco, somos meros accidentes del paisaje. Así las ideas son mas bien reacciones, actos. No hay mas trascendencia que la del acto o el pensamiento que al realizarlos se agotan: entonces so pena de extinción, hay que volver a comenzar. El hombre es el ser que continuamente se hace y se rehace. El gran invento del hombre son los hombres. Visión prometeica y también trágica: si somos un perpetua hacernos, somos un eterno recomienzo. No hay descanso: fin y comienzo son lo mismo. Tampoco hay naturaleza humana: el hombre no es algo dado sino algo que se hace y se inventa: es un ser en vilo y todas sus creencias no son sino artificios para seguir suspendido en el aire y no recaer en la inercia animal de antes del principio. La historia es nuestra condición y nuestra libertad.
En su obra vasta, rica y diversa advierto tres omisiones. La primera es la mirada interior, la introspección, que se resuelve siempre en ironía: n se vió a si mismo y por eso, quizá, no supo sonreir ante su imagen en el espejo. Otra es la muerte, el deshacerse que es todo hacerse (Epicteto y San Agustin ausentes en su obra). El hombre para O&G es un ser intrépido y su signo es sagitario, sin embargo aunque puede mirar el sol de frente, nunca ve la muerte. La tercera son la estrellas. En su cielo mental se han desvanecido los astros vivos e inteligentes, las ideas y las esencias, los números vueltos luz, los espíritus ardientes que arrobaron a Plotino y a Porfirio. Su filosofía es la del pensamiento como acción: pensar es construir, abrirse paso, convivir: no es Ver ni es contemplar. Su obra es un continuo pensar sobre este mundo, al que le faltan otros mundos: la muerte y la nada, reversos de la vida, la historia y la razón: el reino interior, ese territorio secreto descubierto por los estoicos y explorado por los místicos cristianos. Tal vez podría arguirse que su pensamiento nos libera de la adoración de las estrellas, es decir, de la red de la metafísica, las ideas no están en ningún cielo mental: nosotros las hemos inventado con nuestros pensamientos. No son signos del orden universal ni el trasunto de la armonía cósmica: son luces inciertas que nos guian en la oscuridad, señales que nos hacemos los unos a los otros, puentes para pasar a la otra orilla. Pero esto es justamente lo que se hecha de menos en su obra: no hay otra orilla, no hay otro lado. El racioVitalismo es un solipsismo: un callejón sin salida. O&G tenía razón pero su razón cercenó la otra mitad de la vida y del pensamiento. Vivir es también y sobre todo, vislumbrar la otra orilla, sospechar que hay orden, número y proporción en todo lo que es y que como decía el poeta Spencer: el movimiento es una alegoría del reposo.

texto disponible en: http://sanputa.blogspot.com/2006/07/ortega-gasset-por-octavio-paz.html


imagen disponible en: http://www.icarodigital.com.ar/numero8/ajoylimones/sado/Bondage_Mujer.jpg

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