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22 feb. 2009

Julio Ortega, el crítico y el dariano


por Jorge Eduardo Arellano

Sólido (no líquido ni gaseoso) y lúcido, fecundo y auténtico crítico es Julio Ortega, quien será reconocido en estos días –como lo merece- por la intelectualidad de Nicaragua. No recuerdo cuándo le conocí personalmente, pero él hizo lo posible por invitarme en la primavera de 1990, siendo yo becario por unos meses en Augsburgo, a su Universidad de Brown, Rhode Island, Nueva York. Como mis tutores germanos me negaron el permiso correspondiente, no pude asistir a esa convocatoria que hoy, con demasiado retraso, le agradezco. Posteriormente, entre junio y julio de 1998, el eximio scholar peruano era uno de los organizadores del XXXII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana celebrado en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Al menos, aún lo recuerdo irreverente ante mi disertación entre el paralelo entre Azul… (1888) y Poemas nicaragüenses (1934), ambos editados en el país austral.

Ya en el siglo XXI estuve con Julio Ortega en Madrid, del 11 al 13 de abril de 2005. Mientras tanto, desde 1992 ya se había consagrado como una de las mayores autoridades latinoamericanas de la crítica literaria. Ese año ingresó a la Biblioteca Ayacucho, en la que hemos colaborado como editores sólo cuatro nicaragüenses: Ernesto Mejía Sánchez y Julio Valle Castillo (en la Poesía de Rubén Darío), Sergio Ramírez (en El Ángel del Espejo y Pensamiento político de Augusto C. Sandino) y yo (en Poesía selecta de Pablo Antonio Cuadra). Pues bien, la obra de Ortega (no el filósofo ni el comandante, no su creación poética ni su ficción ni su teatro), se presenta bajo el título de su libro más representativo: Una poética del cambio, anterior y parcialmente escrito y publicado en inglés; pero ahora aparecía íntegro en español. Otros dos libros suyos completaban el volumen: La contemplación y la fiesta (1968 y 1969), aporte clave a la valoración e interpretación de la narrativa latinoamericana contemporánea; y Relato de la utopía (1973), colección de notas sobre la narrativa cubana de la Revolución, de imprescindible referencia comprehensiva.

Tarea imposible resulta para mí, en pocas palabras, exponer el meollo crítico de Julio Ortega. Por eso recurro a ese “Monstruo Antillano de la Naturaleza” que fue José Lezama Lima, prologuista de Una poética del cambio: “Julio Ortega se ha salvado de las sirtes de la estilística y el estructuralismo. Abomina de la ciencia literaria, de la filología como clave del gusto. Nunca he comprobado en algunas de sus líneas la palabra sintagma. Ucronía y diacronía no son disfraces para usar en cualquier baile. Él ha procurado huir con visible tenacidad de la moda de la crítica…” Pero no tanto.

Ya Eduardo Dobry, en su reseña de Rubén Darío: la lectura mutua (2003) –mitad de ensayo, mitad de antología poemática, como es habitual en la colección “Vidas literarias”, a la que pertenece ese encargo a Ortega- le señaló que toma a la ligera los aparatos teóricos con que se sirve al parafrasear apresuradamente a Lacan (“El deseo es siempre otro deseo…”) o sostener que Darío niega la teoría de Harold Bloom de la ansiedad de la influencia, porque siempre “fue fiel a sus figuras patriarcales (Hugo, Verlaine)”. ¿Y Mallarmé, como lo demuestra en “El soneto de trece versos”, y tantos otros más modernos que incidieron en su creatividad, dónde quedan? La idea de Bloom es más sutil: no atañe a la actitud de veneración o de “parricidio” de un poeta hacia sus maestros, sino a la relación -o, de acuerdo con nuestro doctor de Pittsburg Iván Uriarte, intertextualidad- que se opera dentro de la escritura de ambos, de poema a poema. Es el caso, entre centenares, de “A Margarita Debayle”: un asesinato poético perfecto del martiano (y ahora un hueco monumento a la cursilería) “Los zapatitos de rosa”.

Lezama Lima acota el método orteguesco: “Lee la obra, toma sus notas, revisa anteriores testimonios. Luego establece una suspensión, un retiramiento, como decían los clásicos. Reaparecen las metáforas como encuentros sorpresivos… La mirada comienza a ordenar la escritura”. Con ella, Ortega ha vinculado, por ejemplo, como él afirma, el aleteo del ave fénix de Rayuela con la poesía solar de Octavio Paz; ha deslindado, privilegiándolos, textos rituales y celebratorios, lúdicos y restauradores de lo cotidiano. Julio magnifica la capacidad dialogante y transgresiva, sensorial y abstracta, liberadora y antirrepresiva; una escritura que indaga la percepción marginal y festiva de lo popular. O, como también afirma, “la polifonía cómica y crítica, dramática y paródica.

Lo anterior explica que, en medio del Congreso Internacional “Rubén Darío/Diálogos transatlánticos” -coordinado por él y Juana Martínez, profesora de la Complutense -mi Alma Máter-, con motivo del centenario de Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas- haya espetado esta convicción (que consideré una boutade): “Es más poeta Agustín Lara que Rubén Darío”.

Entonces Pablo Kraudy y yo preparábamos la edición crítica de esta obra cimera, la cual se publicó al final de ese año y fue presentada en la Jornada dariana del siguiente; pero su circulación fue escasa y sólo tuvo débil recepción en el extranjero.

Anunció Julio en esa convocatoria que Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, dentro de su prestigiosa serie “Ópera mundi”, le había encargado unas “Obras completas” de nuestro bardo en tres volúmenes, asegurándome solicitar en el futuro inmediato mi colaboración. O se arrepintió de esta promesa, o dejó de estimarla indispensable, o no se lo permitieron; lo cierto es que no dio nunca señales de vida, pese a la entrega personal, no exenta de dedicatoria, que le hice de mi plaquete: Rubén Darío: Nuevos poemas inéditos
(Managua, Museo y Archivo Rubén Darío/Fondo Editorial Cira, 2004).

Si no estoy errado, en 2007 el primer volumen de ese proyecto ya estaba impreso. Un excelente e irreparable ensayo de José Emilio Pacheco (México D. F., 1939). “Entre dos siglos”, figura como prólogo, precedido de una “Introducción general” bastante reparable de Julio que, en principio, comparto. Válida, pero no única ni excluyente, es su concepción del sistema literario de Darío: “Un campo lectural, allí donde los nuevos escritores adquieren su identidad en la lectura. Hilos de lectura, los jóvenes aspiran a una mayoría de edad dialógica“ (p. 17). Sistema que ya había postulado en su libro Rubén Darío (Barcelona, Ediciones Omega, 2003).

Doce acotaciones de su ensayo “Rubén Darío y la mirada mutua”, más una acertada “Selección de textos” (30 poemas) y una básica “Bibliografía” integran ese volumen, en el cual su autor concibe a Darío “como un profeta visionario de la lectura” (p. 17). Desdeñando el biografismo canibalista, opta por enfocar a Rubén desde los diálogos que mantuvo con algunos coetáneos (Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez) y las lecturas que le han deparado autores como Pedro Salinas, Juan Larrea, Jorge Guillén (españoles), Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Raimundo Lida (latinoamericanos), entre otros. Ortega señala que Darío imparte una “lección de modernidades: es más español en la gesta de una cultura mutua, transatlántica, que muchos de sus colegas peninsulares (p. 51).

Pero, oportunamente, reseñaré a fondo el primer volumen de Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores, por lo demás nítidamente impreso, que constituye el último intento valioso y masivo de difundir la poesía de Darío al menos en España. De momento, para concluir, diré que el método crítico más efectivo de Ortega es la conversación que excede el formato informativo de la entrevista con los creadores (iniciado en los años 60 por el uruguayo Emir Rodríguez Monegal) para lograr como producto final “una suerte de biografía literaria sumaria”. A través de este método queda dilucidada la relación del autor y su obra. Aporte clásico de Ortega en esta línea es el volumen Taller de la escritura (2000) que abarca los encuentros con 31 escritores iberoamericanos (un brasileño, tres españoles y veintiséis latinoamericanos, entre ellos sólo dos mujeres: la chilena Diamela
Eltit y la puertorriqueña Rosario Ferré).

En fin, como lo hizo ver su coterráneo y colega José Miguel Oviedo en el “Método de la crítica y crítica del método”, estoy seguro de que Julio suscribiría con el mismo entusiasmo creador de Oviedo este axioma actual: “El fanatismo nunca es científico, y el movimiento de las ideas no tiene por qué repetir la barbarie de nuestra vida política o los odios de capilla de nuestros pequeños ambientes intelectuales”.

texto disponible en: http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/37704

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