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11 jul. 2009

Fiebre de fresno. Insana diversión para grandes y chiquitos.


Publicar un libro en estos malos días y terribles noches no es cuestión de oficio; es pura y casta suerte. Que el libro se publique junto al último de josé maría lima es una gran suerte inmerecida; los economistas dicen que la muerte es un templo, yo no soy economista pero creo en la muerte como un dios mismo, desde el romanticismo retro y delineado de los tranvías. El punto es que el libro está en imprenta y aquí les dejo la nota de Claudia, incluida en el libro como preludio a la fanfarria sobre la nada y un poemita.

Decía Rilke, en sus "Cartas a un joven poeta", que alguien sólo debía escribir si

eso le resultaba necesario. Que si se podía vivir sin escribir, más valía cambiar de oficio. En tiempos tibios como estos, siempre es un alivio encontrarse con un libro como el de John Torres, escrito -como diría Rilke- desde la pasión y la necesariedad. "Hacer falta/es una horrible/ condición del lenguaje", escribe John. Horrible condición que nos obliga a la indigencia y a la búsqueda de la palabra que nos colmaría, la imposible, ésa que daría cuenta de la complejidad del mundo, de los otros, de nosotros mismos. Un poema es -a la vez- la falta y la espera de esa palabra.
"Naufragar el cuerpo", la primera sección de Fiebre de fresno, se abre con una cita de Celan que dice: "Se extingue lo que del lenguaje/también te ha retirado con un gesto,/ la danza de dos palabras sólo hechas/ de otoño y seda y nada" Y de esa materia sutil, evanescente, está hecho este libro. Laberinto de ecos donde se confunden las voces, en ese "prisma de resonancias" que es "la memoria del cuerpo", devolviendo una pura reverberación: la que deja tras de sí lo que se va. Aquello que, como una piedra lanzada al agua, desaparece para siempre, pero en el mismo momento de hundirse produce un halo de circulos concéntricos que irradian la fuerza, la potencia de lo ido. Y es ese poder, esa presencia de lo perdido, uno de los grandes temas de este libro, ese "puro mármol de los adioses" del que hablaba Lezama Lima, también citado por John Torres.
En algunas ocasiones, los versos de Fiebre de fresno tienen una cadencia entrecortada, como si reprodujeran la respiración agitada de quien está urgido por decir algo, por reconstruir la imagen amada pieza por pieza y rescatarla del olvido.: "y se me hace imposible/completar/una/idea/que/me/hable/de tí". Tentativa destinada a fallar, una y otra vez: "Tú imagen creces en el aire/ hasta la combustión general/hasta aplacar el divino goce/ de los signos/ de lo no dicho". Y es en esa falla, en eso que queda por decir, en los intersticios y las grietas del discurso, donde la poesía de Torres se escribe, obstinada, y donde alcanza su mayor brillo: "Al fin llegamos. ¿Adónde? -se pregunta- por la escritura equivocada." No hay certezas salvo la del error, la del desencuentro que abrirá la posibilidad de una nueva búsqueda, del "divino goce" de un nuevo intento.
Como decía el poeta argentino Juan L. Ortiz, la poesía rompe la función comunicacional del lenguaje, esa donde las palabras naufragan en el lugar común, en la convención, en el sobreentendido. El discurso poético quiebra el sentido unívoco para hacer advenir lo múltiple, lo diverso, y en ese movimiento convoca al misterio, roza lo indecible.
En Fiebre de fresno, el lenguaje no narra ni explica, sino que ronda -como una fiera de paso ágil y discreto- su presa: el mundo, no ya entendido como un sistema de coordenadas previsibles, sino como escenario, constantemente cambiante, del asombro, el horror, la dicha de estar vivos.
La voz que se escucha en este libro es la de alguien que -al encontrarse una vez más con lo ya mil veces visto- lo mira por primera vez con ojos limpios, y nos cuenta, en generosa confidencia, lo que vio.

CLAUDIA MASIN

Claudia Masin nació en Argentina en 1972, es escritora y psicoanalista. Ha publicado los poemarios “Bizarría” (Nusud, Buenos Aires, 1997) “Geología” (Nusud, Buenos Aires, 2001) y “la vista” (Premio Casa de América, Visor, Madrid, 2002). Su obra ha sido incluida en diversas antologías, entre ellas Poesía latinoamericana del Siglo XXI: el turno y la transición (Compilador: Julio Ortega, Ed. Siglo XXI México,1997) y Agua de beber (Antología de poetas argentinas, Compiladora: Mónica D’Uva, Nusud, Bs. As., 2001). Ha creado y coordinado, junto a un grupo de artistas, los ciclos de poesía “La mirada”, “Poligrafías”, “El pez que habla”, “La musik” y “El gallo y la luna”. Una antología de sus textos llamada El secreto (antología 1996-2006) será editada por la Editorial De la Paz de Resistencia, Chaco, Argentina.


Noise revisited

El lenguaje no deriva de un proceso de razonamiento.
LUDWIG WITTGENSTEIN


Levanto humaredas profanas
es fin de año y prefiero
una nimia intifada
al malestar de comunicarme
disfrutar la gastritis
de mis cavilaciones campbell’s
densas enfrascadas reproducidas
hasta la obscenidad

le provoco ingravidez
a las palomas
de la plaza de armas
sin conmover a nadie
como en los actos desencajados
del no vidente

las cuadrigas nunca arrancan
jamás separarán tus coyunturas
ni tus tuétanos
no pueden tocar el alma ni el espíritu
la nostalgia es un ensayo mental
sobre la naturaleza de los objetos
los poemas significan nada
la nada es un hombre
abrazado a su sombra
a la lógica de la aniquilación
nos exiliamos por temporadas
a lo largo de tu brazo
de su curva evanescente
entre sus islas
sus demoras
sus mentiras
donde los muertos saludan a los vivos
con barroca indiferencia
la muerte los mira y se muere de risa

estamos sentados frente a las puertas
que permanecerán cerradas
pasada la eternidad del lenguaje
pues decir es alejarse de las cosas
arrojar la llave de la certeza

deseas que la escritura sea la extinción
de los sentidos
escape de sus desiertos
un viaje largo y sin equipaje
hasta las horas estériles
hasta detonar límpida
bajo los dedeos furtivos
pues mi espejo ha muerto
y la muerte no refleja
la pantomima del obús que nos invita

sobre sus muslos vagan
minúsculos artefactos
que observan incrédulos
los cráneos en la colmena
como quien se alimenta de un vientre
pero permanece en el hambre
en la sospecha vitrificada
dentro del cofre de los colores
que fui guardando para ti
a pesar de la miseria que es
extraviar el perfume
al costo de la no costumbre
que es del orden de la antimateria
esa memoria desperdigada de lo que fue
el incendio que nos atrajo
como a las hordas
en el principio

en su descenso las gotitas de luz
se convierten en piedra
y el ritmo se deshace
entre mis manos

habíamos encontrado el lugar
donde la estática no interfería
donde el ruido estaba completo
y nos arropaba

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