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30 nov 2007

La actividad de la Oficina de Investigaciones Surrealistas (Artaud)


Por Antonin Artaud

El hecho de una revolución surrealista en las cosas es aplicable a todos los estados del espíritu, a todos los géneros de la actividad humana, a todos los estados del mundo en medio del espíritu, a todos los hechos de moral establecida, a todos los órdenes del espíritu.
Esta revolución apunta a una desvalorización general de los valores, a la depreciación del espíritu, a la desmineralización de la evidencia, a una confusión absoluta y renovada de las lenguas, al desequilibrio del pensamiento.
Apunta a la ruptura y la descalificación de la lógica a la que perseguirá hasta la extirpación de sus reductos primitivos.
Apunta a la reclasificación espontánea de las cosas según un orden más profundo y más preciso, e imposible de dilucidar mediante la razón ordinaria, pero de todos modos un orden, y sensible a cierto sentido.... pero igualmente sensible y un orden que no forma del todo parte de la muerte.

Entre el mundo y nosotros, la ruptura está claramente establecida. Nosotros no hablamos de hacernos comprender, sino en el interior de nosotros mismos, con rejas de angustia, con el filo de una obstinación encarnizada, conmocionamos, desequilibramos el pensamiento.
La oficina central de las investigaciones surrealistas dedica todas sus fuerzas a la reclasificación de la vida.
Hay que instituir una filosofía del surrealismo, o lo que pueda surgir.
Para hablar claro no se trata de establecer cánones o preceptos, sino de encontrar:
1) Medios de investigación surrealista en el pensamiento surrealista.
2) Fijar parámetros, medios de reconocimiento, conductos, islotes.
Podemos, debemos admitir hasta cierto punto una mística surrealista, un cierto orden de creencias evasivas en relación con la razón ordinaria, pero sin embargo bien determinadas, relativas a puntos bien precisos del espíritu.
El surrealismo, más que creencias, registra un cierto orden de repulsiones.
El surrealismo es ante todo un estado del espíritu, no preconiza recetas.
El primer punto es ubicarse en el espíritu.
Ningún surrealista está en el mundo, se piensa en el presente, cree en la eficacia del espíritu-espolón, el espíritu guillotina, el espíritu-juez, el espíritudoctor y resueltamente se confía del lado del espíritu.
El surrealismo ha juzgado al espíritu.
No hay sentimientos que formen parte de él mismo, no se reconoce ningún pensamiento. Su pensamiento no le fabrica un mundo al que razonablemente acepta. Desespera de alcanzar el espíritu.
Pero al fin y al cabo está en el espíritu, se juzga desde el interior, y ante su pensamiento el mundo no pesa excesivamente.
Pero en la intermitencia de cierta pérdida, de cierta falencia en sí mismo, de cierta reabsorción instantánea del espíritu, verá aparecer la bestia blanca, la bestia vidriosa y que piensa.
Porque es una Cabeza, la única Cabeza que emerge en el presente. En nombre de su libertad interior, de las exigencias de su paz, de su perfección, de su pureza, escupe sobre ti, mundo librado a la insensibilizadora razón, al mimetismo empantanado de los siglos, y que ha construido tus casas de palabras y establecido tus repertorios de preceptos donde es imposible que el espíritu surreal no explote, el único capaz de desenraizarnos.
Estas notas que los imbéciles juzgarán desde el punto de vista de lo serio y los astutos desde el punto de vista de la lengua, son uno de los primeros modelos, uno de los primeros aspectos de lo que entiendo por la Confusión de mi lengua. Están dirigidas a los confusos de espíritu, a los afásicos por interrupción de la lengua. Y, sin embargo, están justo en el centro de su objeto. Aquí no comparece el pensamiento, aquí el espíritu deja ver sus miembros. Son notas imbéciles, notas primarias como dice aquel otro, "en las articulaciones de su pensamiento". Pero notas verdaderamente precisas.
Un espíritu bien ubicado descubrirá en ellas un perpetuo resurgimiento de la lengua, y la tensión después de la ausencia, el conocimiento del desvío, la aceptación de lo mal formulado. Estas notas desprecian la lengua, escupen sobre el pensamiento.
Y, sin embargo, entre las fallas de un pensamiento humanamente mal construido, desigualmente cristalizado, brilla una voluntad de sentido. La voluntad de aclarar los desvíos de una cosa aún mal hecha, una voluntad de creencia.
Aquí se instala cierta Fe, pero que lo coprolálicos me entiendan, los afásicos y en general todos los desacreditados por las palabras y el verbo, los parias del Pensamiento.
Hablo sólo para ellos.

texto disponible en: http://www.lamaquinadeltiempo.com/Artaud/artaud03.htm

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18 oct 2007

Monsieur Artaud, you are raving!


The executioners are still around

By: Andréine & Bernard Bel

Seminar: In Homage to Antonin Artaud
Delhi University & National School of Drama
New Delhi, January 1997.
Part of this text was published in a brochure by the Embassy of France in India (D. Sarfaty-Varma, ed.), p.36.

Antonin Artaud was prompt at rejecting floating abstractions, beliefs, common-sense and the glorified gobbledygook that passes for mental sanity among ordinary citizens. He was a threat to "normal" people, although less as an eccentric or a drug addict (like many visionary artists) than in his way of unsettling the communicative functions of language.

Ah, these states that are never named, these eminent positions of the soul, ah, these intermissions of the mind, ah, these minuscule failures which are the nourishment of my hours, ah, this population teeming with facts -- I always use the same words and really I don't seem to advance very much in my thinking, but actually I am advancing more than you, bearded asses, pertinent pigs, masters of the false word, wrappers of portraits, serial writers, groundlings, cattle raisers, entomologists, plague of my speech.

From 1937 to 1946 Artaud was detained in psychiatric hospitals. He was administered insulin therapy and nearly fifty electric shocks provoking states of coma (and even causing the fracture of a dorsal vertebra). His case adds to a notorious list of achievements of "scientific" mental cure, with Vaslav Nijinsky, Camille Claudel, Vincent van Gogh, Friedrich Nietzsche, Soren Kierkegaard, Wilhelm Reich, Freud's patient Daniel Paul Schreiber, etc. Indeed, none of these cases occurred in a totalitarian state. Yet they did not prompt significant reactions from the intelligentsia their victims belonged to. There was (and still is) a tacit consensus regarding the logical end of a deviant, disturbing and unpredictable behaviour, and psychiatry appeared (appears) the inevitable and dependable solution. In 1939, Jacques Lacan had examined Artaud and told Roger Blin:

He's fixed, he will live up till eighty years of age, he won't write a line any more, he's fixed.

Artaud (1947):

So, society has strangled in its asylums all those it wanted to get rid of or protect itself from, because they refused to become its accomplices in certain great nastiness.

(...) And this is how modern life maintains its old atmosphere of debauchery, anarchy, disorder, delirium, derangement, chronic insanity, bourgeois inertia, psychic anomaly (for it is not man but the world which has become abnormal), deliberate dishonesty and notorious hypocrisy, stingy contempt for everything that shows breeding, (...) in short, of organised crime.

Artaud's argument with his physician in Rodez (who was combining electroconvulsive therapy with "art-therapy") is revealed in the account:

I reminded Dr. Ferdière that I had been in Mexico, and I had climbed up a mountain on horseback during six days to meet a race of indian sorcerers living at the altitude of six thousand meters, that I had found them but had endured numberless spells during 28 days, the impressions of which I had consigned in my little book "A Voyage to the Land of the Tarahumara." (...)

He answered: No, you were not bewitched by those indians, it is delirium to believe it, and since your delirium still makes you believe it I am going to write to your friend Jean Paulhan that I intend to administer you a new series of electric shocks.

-- I told him, come on, you've read this book, you've put it into your library as one of the best writings ever done in French since long, so you said, and now you are telling me you are going to treat me for having written it...

-- Indeed, he replied, because I am here to straighten out your poetry.

Artaud saw in Vincent van Gogh a faithful replica of his own torment. After the painter's suicide he wrote:

Dr. Gachet would not tell van Gogh that he was there to straighten out his painting (...) but he used to send him to paint from nature, and bury himself in a landscape to escape the pain of thinking.

Except that, as soon as van Gogh had turned his back, Dr. Gachet turned off the switch of his mind.

(...) I myself spent nine years in an insane asylum and I never had the obsession of suicide, but I know that each conversation with a psychiatrist, every morning at the time of his visit, made me want to hang myself, realising that I would not be able to cut his throat.

In Artaud's view, van Gogh had been "suicided by society" (the "executioners"):

Besides, one does not commit suicide by oneself.

No one has ever been born by oneself.

No one dies by oneself either.

This may be related to the (late) awakening of psychiatrists acknowledging an ineluctable relationship between presumed psychic disorders and social rejection or submission. In 1986, Prof. Edouard Zarifian stated:

Delirium requires at least two persons, as it arises from the other's judgement, and that judgement is based on the socio-cultural norm. At first there is no fundamental difference between the normal and the pathological. Now that I have been around a long time in the practice, I no longer think that one is allowed to say there are mad and normal people: there exist states, that is all.

Nonetheless it is hard to take the popular belief for granted that mental cure has evolved "radically" during the past decades, for the same renovation myth has been proclaimed since the early days of psychiatry. During our animation work in one of the most "advanced" mental cure hospitals in France, in 1992, patients told us the humiliations and punishments they were still enduring.

Neither Heaven nor Hell, if they exist, can do anything against this brutality which they have imposed on me, perhaps so that I may serve them... Who knows?

In any case, in order to lacerate me.

When exorcism had lost credibility, alienated people were thrown to jail, or chained and beaten up in mental asylums. Straitjackets, lobotomy and electric shock treatment were in vogue in Artaud's time (and are occasionally used nowadays). Devices change, but the "executioners" are still around using the ones modern society deems acceptable. Today, the clean and invisible "chemical camisole" of suppressants takes care of preserving cultural and social norms.

When I believed that I was denying this world, I know now that I was denying the Void.

For I know that this world does not exist and I know how it does not exist.

What I have suffered from until now is having denied the Void.

The Void which was already within me.

text available at: http://aune.lpl.univ-aix.fr/~belbernard/perfarts/artaurav.htm
image available at: http://www.acsu.buffalo.edu/~gorelick/artaud.jpg

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6 oct 2007

Los rostros de Artaud.


pOR: Daniel Certain Sintjago.

“Fue después de su regreso de Rodez, en 1947. Antonin Artaud estudiaba un retrato de la hija de Pierre Loeb. ‘Necesito fotografías, pero no iría a un fotógrafo, no los soporto’. ‘No se preocupe –le dijo Pierre -, mi hermana tomó esa fotografía, no un fotógrafo’. Así que se acomodó en mi banco, una silla de director de cine. Él estaba extremadamente nervioso y sus expresiones faciales, así como su cuerpo, no paraban de cambiar con sorprendente movilidad. Al finalizar, me obsequió una copia de sus Cartas de Rodez con una dedicatoria deseándome todas las enfermedades posibles”

De esta forma, Madame Colomb describe el encuentro que sostuvo con Antonin Artaud, en orden de tomar las últimas fotografías conocidas del poeta, actor y dramaturgo francés.

Artaud, un hombre conocido, entre otras tantas cosas, por su presencia escénica, en los últimos años de su vida, evita ser fotografiado por los “profesionales” del asunto, y es que, como veremos más adelante, para Artaud el arte deja de ser una cuestión de profesión para fundirse indivisiblemente con la vida.
Pero volvamos al momento sagrado, inexistente siempre, de la reflexión previa a la escritura, pues al observar las fotografías de Artaud, surge la pregunta sobre, cómo en el transcurso de tan sólo 9 años, el rostro de Artaud manifestaba un deterioro que no era propio a la vejez, sino más bien el de la “locura”. Sin embargo, al revisar sus textos, podemos rastrear el patrón de una razón “deteriorada”, que no hacía mella en su aspecto físico. Con 41 años, edad en la que se le tomaron las fotografías comentadas por Madame Colomb, el rostro de Artaud parecía el de un hombre de 70, a lo que se suma los esfuerzos de Colomb por retratar al poeta en sus momentos de “tranquilidad”.
Inevitablemente, no puedo dejar de pensar, que nos hallamos aquí, con el resultado de la institucionalización de la locura, locura que, bajo el paradigma renacentista, significaba cierta conexión con lo divino.
Si hacemos caso a las teorías epistemológicas de Foucault, podríamos apuntar en Artaud, la corporización de dos etapas históricas: una, en la que la locura significaba un entramado de conceptos ligados a aquello desconocido pero real, el discurso paralelo a la cordura convencional, llamémoslo así, una cordura paralela, y aquella, la barroca (o clásica, como los estructuralistas franceses la catalogan), en que la locura deja de ser locura, para convertirse en “sin razón”, o la razón despojada de sí, para significar la ausencia de símbolos y signos que lo hicieran empatizar o al menos entender los códigos de su contexto social, una anomalía en la naturaleza, y en cuanto a anomalía, lo antinatural.
Pero no hablamos acá de un hombre que se enfrenta a la institución barroca, aquella que simplemente apartaba a los dementes a ese lugar más allá de los márgenes del discurso, discurso en tanto cuerpo formador de la sociedad, sino más bien de una “anomalía” que se enfrenta a las discursividades del poder moderno. Como nos explica Michel Foucault en Vigilar y Castigar, bajo el paradigma moderno, el criminal, el enfermo y el loco (trinidad anómala per exellance), no se le retira simplemente de la sociedad, sino que se le encierra y se le controla, para ser estudiado y por lo tanto diseccionado por el poder.
El cuerpo de Artaud, fotografiado antes y después de su reclusión en Rodez, resulta la manifestación casi expresa, de una metáfora física de aquella locura, antes casi admirada y fascinante, no como anomalía sino como el “otro real” y, aunque incomprendido, “igual”, se convierte en el transcurso de la historia, en aquello que debe ser “reventado” para ser entendido, tomando la expresión de ese otro loco institucionalizado que era Nietzsche, no la filosofía, sino la ciencia del martillo.

El loco, el santo:

Nacido en 1896, Antonin Artaud, fue desde niño, víctima de ataques nerviosos, causados por una meningitis, “milagrosamente curada” como lo manifestaría su hermana, y de depresiones, que lo harían “inepto” años después, para cumplir el servicio militar. A la edad de 19 años, en 1915, pasa su primera temporada en una clínica psiquiátrica, a partir de entonces, será un asiduo visitante de las instituciones mentales, hasta 1937, año en que se convierte en residente.
A pesar de sus indiscutibles capacidades histriónicas y su imponente presencia en escena, a Artaud no se le dará nunca papel estelar en obra o film alguno, ya que, como manifestaban los directores de la época “era bastante difícil controlar los arrebatos de locura y los ataques nerviosos de Artaud, así como sus constantes depresiones, que más de una vez interrumpieron la puesta en escena”.
Alejandra Pizarnik, poeta y traductora al castellano de la obra poética de Artaud, contará en uno de sus prólogos, la dificultad del poeta para publicar sus textos, que más allá de las corrientes vanguardistas de la época, resultaban “casi imposibles de comprender”, Artaud, dirían sus conocidos no tan íntimos, estaba loco.
Sus obras de teatro resultaban imposibles de representar, su poesía consistía muchas veces en simples relatos lineales y sin sabor de episodios de su vida y su carácter era insufrible. Ejemplo de lo primero, fue su obra “El chorro de sangre”, publicada en su libro El ombligo de los limbos, en los que participa un hombre de fuego vivo y la mano “real” de 4 metros de largo para sostener a una muchacha. Nos dirá Derrida en la parole souffle [la palabra soplada], que la obra de Artaud constituye lo representado en sí, así como el mismo Artaud nos explica que la actuación debe dejar la carne en el escenario y que el escenario era la vida. Ciertamente, en ese período blanco, de sus años previos a Rodez, Artaud buscaba encarnar la poesía “sin artificios”, lo que podríamos traducir en una búsqueda por lo sagrado; lo sagrado como aquella primera vista, única, individual, clandestina, sagrado como lo entiende Bataille, encarnado precisamente en el asesino, el enfermo y el loco, aquella trinidad que hemos nombrado más arriba. Ni el surrealismo, por su jugueteo distancial, ni la patafísica, fueron suficiente cobija para arropar el cuerpo (la teoría), de Artaud.
Pero volvamos a las fotografías, en 1928 se filma La Pasión de Juana de Arco, película en la que Artaud tendrá un papel, que aunque secundario, cautivará al público de la época, el del Hermano Jean Massieu. La peculiar belleza de Artaud es comentada por sus contemporáneos, así como su talento. Artaud es representado como un santo, que en silencio, se enamora de la locura de Juana de Arco, pues logra comprender aquello de sagrado que se esconde detrás de las alucinaciones. Pocos años más tarde, hará de su parte, recorriendo el mundo con un bastón que, decía él, había pertenecido a San Patricio, argumentando que él mismo, había sido tocado por la mano de Dios. El loco, como en la edad media, era sagrado, y por supuesto, como lo sagrado, incomprendido. En 1937, regresando de Irlanda en un barco, es amarrado con una camisa de fuerza por atacar a los marineros de la nave. A su llegada sería recluido “indefinidamente” según las palabras de su médico, en Le Havre, institución de la que sería transferido a muchas otras, para terminar en la célebre Rodez. La disciplina psiquiátrica, como la religión con lo sagrado, se hará cargo de curarlo, depurarlo de sus males, limpiarlo, hasta 1946.

El demente, el condenado:

Durante su estadía en Rodez, Artaud será víctima de la célebre terapia de shocks. Artaud, quien decía consumir opio por sus dolores de cabeza, era sometido a dicho tratamiento, para curar su adicción. Contaban las enfermeras de la institución, que Artaud no paraba de llorar y de esconderse cuando sabía que se aproximaba el momento de la terapia. El demente, la anomalía, era condicionado por la institución a través del dolor extremo, de la disección de su mente y la violación de su cuerpo, práctica del poder moderno en todas sus manifestaciones. La institución lo vigila, lo estudia y se esfuerza en conocerlo, literalmente conocerlo. Es sabida la relación que Artaud sostuvo con su psiquiatra el Dr. Ferdière, quien durante los pocos años que pasó en Rodez, llegó a intimar con el poeta. Ferdière, aparentemente, lo dejaba andar a sus anchas por la institución e incluso caminar por la calle, siempre que pasaba un período, “racionalmente” extenso, de tranquilidad.
Esta libertad se manifestó en dos de sus más célebres obras, las Cartas de Rodez y los Cuadernos de Rodez. En las cartas, Artaud continúa sus teorías sobre el teatro de la crueldad, sus reflexiones sobre la poesía, que aunque no dejaban de ser extravagantes, hacían parecer que Artaud había “retornado” a su constreñida pero genial cordura. Al mismo tiempo, sus amigos, no dejaban de decir que la reclusión de Artaud, había sido parte de una conspiración en su contra y para muestra de su sanidad publicaron en un tomo dichas cartas.
Al mismo tiempo, los cuadernos narraban una historia completamente distinta. Artaud se hacía de una familia imaginaria, y no dejaba de hacer comentarios detallados de sus momentos de evacuación, el color de su vómito, mientras interrumpía el hilo discursivo para acotar un comentario que su hija Ana, le acababa de susurrar al oído. Artaud era víctima de la batalla que en él mismo se daba lugar. Esa demencia institucionalizada, estaba siendo curada con el científico tratamiento psiquiátrico que se le daba, pero sus demonios internos, ese Artaud del antes y el después de Rodez, continuaban regurgitando manifestaciones de insania. Artaud hablaba con Dios, pero esta vez, Dios era un monstruo invisible que continuaba juzgándolo por los pecados de Adán.
En sus últimos meses en Rodez, Artaud detendría su escritura, y empezaría a agradecer al Dr. Ferdière, por haberlo curado definitiva e indiscutiblemente de su demencia y de su adicción. La institución finalmente lo dejó salir en 1946.

Artaud, la bestia:

No nos ha de extrañar lo que ocurrió seguidamente a su salida de la institución. Artaud, el loco, des sacralizado por la institución, publicaba sus cuadernos de Rodez, y entraba en lo que se conoció como su etapa negra. Etapa en que se tomaron las últimas fotografías, las que aquí presentamos y que fueron la inspiración de esta ponencia.
Es aquí, en el encuentro de su antigua locura con su cuerpo ahora fracturado y acabado, cuando Artaud escribe sus dos obras más famosas, luego de El Teatro y sus Dobles; Van Gogh o el suicidado de la sociedad, y Acabar con el juicio de Dios, donde Artaud manifiesta por última vez y con la voz más terrible, esa del hombre convertido en bestia, marcado en su rostro por la maldad y la decadencia, las terribles realidades del cuerpo violado, la fe perdida mediante el rapto de lo sacro y las verdades que encontró en los ojos de quien lo vigilaron, ojos, esos, que jamás pudieron comprender su obra. No citaré, los invito a leer, pero mientras tanto, les muestro, los rostros de Artaud.

texto disponible en: http://eternomediodia.blogspot.com/2006/06/los-rostros-de-artaud.html
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